jueves, 8 de marzo de 2007

Elogio de la virilidad



Amo la semilla de la tierra, el polen volátil y fecundo, el monolito que asciende hasta los rayos del sol, la voz grave y profunda, las espaldas atlánticas, el miembro erecto en descontrol, la adrenalina pujante, la pasión inyectada en los ojos y su fiera ternura.

Amo al hombre viril, a Ulises valiente en medio de océanos aciagos, al Doríforo de olímpica serenidad, a Shakespeare travestido entre bastidores, a Quevedo en su cojera existencial a la deriva , a Orfeo atravesando el infierno con su cítara y a Enkidu gozando de Shámskhat durante seis días y siete noches.

He visto vuestros ojos brillantes en medio de noches muy oscuras, he bebido con vosotros cerveza y he reído a carcajadas hasta el amanecer. Habéis bailado conmigo por las calles, me habéis dado hombros inmensos en los que llorar y echar la siesta y, alguna vez, me habéis enamorado hasta el insomnio y la locura.

¿Qué sería del mundo sin vosotros y vuestra seducción? ¿Quién habría construido un templo en mi útero, delta edénico de nuevos mundos? ¿Dónde cantarían los himnos atávicos, y lucirían los colores exhuberantes de la fertilidad, y bailarían las sinuosas danzas lunares del embrujo?

1 comentario:

El Oscuro dijo...

Era necesario. Y era necesario que lo hiciese Madame H.
No se pueden escribir elogios del club al que perteneces sin parecer ferozmente patriota.