A Fernando Sánchez Santos
In memoriam
Liturgia capacitista. El maestro de ceremonias pide a los asistentes que nos pongamos en pie como signo de respeto. Lo dice con voz neutra, protocolaria, sin vacilar. A mi alrededor, la mayoría de los cuerpos permanece inmóvil: sillas de ruedas alineadas, que han tenido que esperar hasta el final de la pasarela de bípedos para colocarse incómodamente en los pasillos y al fondo de la sala, sin apenas visibilidad. Apoyos, respiraciones contenidas, arqueamiento de cejas. Me quedo sentada como signo de respeto. Toda una vida de lucha y reivindicación, y las barreras no han desaparecido. Ni siquiera aquí, en el día de tu funeral, mi querido amigo.
Me había enterado de tu muerte unos días antes, por redes sociales, a través de una publicación del artivista Xavi Dua. ¿Cómo? No podía creerlo. Tú, que llegaste a mi vida cuando yo era una adolescente mutante, rara, insegura, inadaptada. Tú fuiste la primera persona que me habló de las barreras arquitectónicas y del mito de la caverna de Platón. Yo tendría unos catorce años; no tocaba de pies en el suelo. Comprendía perfectamente tu idea de los muros. Los reconocía a diario en la sensibilidad —o en la falta de ella— de la mayoría de humanos.
Eras profesor y el psicólogo del instituto l’Alzina y podíamos pedir hora contigo si lo necesitábamos. Tu despacho estaba tras una puerta, en el hueco de una escalera, en la planta baja: no tenía luz natural ni ventanas; era pequeñito, un zulo donde apenas cabíamos un par de personas. Y, aun así, en ese espacio confidente, yo podía expresarme con libertad, hablar de delirios y fantasías. Nunca olvidaré tu voz: hermosa, hipnótica, segura, aterciopelada. Habías hecho un curso de hipnosis ericksoniana y, en aquella adolescencia incomprendida, ese tema me fascinaba.
Con el paso de los años, nuestra relación trascendió lo académico y terapéutico: se convirtió en una amistad. Vecinos del barrio como éramos, un día me encontré contigo por la calle y me dijiste:
—Estoy en una compañía de danza, ¿quieres venirte a una clase?
Dicho y hecho. Te acompañé a una de aquellas sesiones en la Caldera, facilitadas por Patricia Carmona y Jordi Cortés. Fue una experiencia reveladora. A pesar de mi inseguridad escénica, sentí que podía fluir y experimentar sin sentirme juzgada. Algo se abrió entonces: un espíritu de juego, una libertad inesperada para compartir coreografías, para co-crear una poesía del cuerpo. Aquel espacio fue un oasis, un punto de partida y el descubrimiento de un nuevo lenguaje artístico para mí. Imagino que tú ya lo sabías.
Sentada allí, en la sala de tu funeral, comprendí con tanta claridad la violencia de aquel “ponerse en pie”. ¿Por qué no dijeron: “ahora pueden danzar como signo de respeto”? Y por eso, cuando tus compañeros del colectivo Liant la Troca me hablaron del documental A Way to B, encontré una puerta en el muro, esta conversación pendiente, una forma de seguir bailando contigo. Aunque el film se estrenó en 2022, hoy lo veo como parte de tu legado creativo, una obra que sigue respirando y que merece ser revisitada, para seguir abriéndose paso en medio de una época frenética, siempre ansiosa de novedades y tan dispuesta a olvidar.
***
“Hablar, hablar, hablar… decir palabras vacías, para llenar espacios vacíos”. El foco ilumina a la actriz que declama este texto. ¿Para qué tanto hablar? —prosigue— Si lo relevante es mirarle al otro a los ojos y tocarle de verdad. Lo relevante es… comunicar. Flechazo directo al corazón. Algo tan sencillo y tan potente.
Aunque estrenado en 2022, A Way to B dialoga de forma incómodamente actual con un presente que sigue sin saber cómo mirar ciertos cuerpos. El documental de Jos de Putter y Clara van Gool, centrado en el colectivo Liant la Troca, desafía las categorías del status quo desde la fuerza del arte y la comunidad. No es casual que el documental formara parte del ciclo de la Filmoteca de Barcelona Per amor a les Arts (2023-2024), una programación que propuso el diálogo entre el cine y otras disciplinas artísticas como la danza, el teatro o la música. En este contexto, A Way to B encuentra un marco especialmente fértil: la película entiende el cuerpo como un lenguaje político y la danza como una manifestación performática del pensamiento. Cada gesto y cada coreografía cuestionan los estándares normativos que determinan qué cuerpos son legítimos y cuáles quedan fuera del relato dominante. El escenario se convierte así en un espacio de afirmación y de disputa simbólica.
A Way to B se construye como un retrato danzado de varios miembros del colectivo catalán Liant la Troca, co-fundado por Patricia Carmona y Jordi Cortés Molina. La película acompaña al grupo en la creación y presentación de su espectáculo Desfasats, alternando ensayos, actuaciones y momentos de intimidad cotidiana. Desde el inicio, el film deja claro su carácter híbrido: documental y danza se entrelazan y se transforman mutuamente, dando lugar a una forma narrativa abierta y orgánica.
Las coreografías —sensuales, exuberantes y a veces provocadoras— ocupan espacios diversos: el teatro, la calle, una plaza, un bosque (allí está mi querido amigo Fernando) o el interior de una vivienda. Estos escenarios son extensiones del cuerpo y de la experiencia de los intérpretes. Al mismo tiempo, los bailarines comparten con franqueza sus vivencias personales, marcadas por barreras físicas, urbanas y sociales que siguen condicionando su día a día. El testimonio de Rosa, una de las intérpretes con diversidad funcional, pone palabras al maltrato y los prejuicios sufridos, contraponiéndolos a la fuerza transformadora del arte.
El film no esquiva la diversidad de los cuerpos: algunos intérpretes bailan en silla de ruedas, otros caminan con corsé de acero, uno tiene una sola pierna, otro no tiene piernas, alguno es ciego o ve cada día un poco menos. Sin embargo, estas realidades nunca se presentan como límite narrativo, porque son un punto de partida para repensar el movimiento, el deseo y la relación con el otro. La danza aparece así como una forma de pensamiento, un modo distinto de mirar, de amar y de comunicarse más allá de la palabra.
Estructurada como un recorrido a lo largo de un día de otoño en Barcelona y sus alrededores, A Way to B propone una mirada poco habitual sobre la resiliencia y el amor. La película avanza entre ensayos finales, actuaciones en espacios públicos y representaciones escénicas, y subraya la idea de la danza como lenguaje universal capaz de interpelar al espectador y de transformar mentalidades. Más que documentar un proceso artístico, el film invita a habitarlo. De hecho, la cercanía con la que la cámara acompaña al colectivo refuerza esta propuesta. El seguimiento atento de las distintas personalidades que conforman Liant la Troca genera una sensación de intimidad poco frecuente, basada en la confianza y el tiempo compartido, una relación que permite que emerja una verdad emocional compleja, hecha de fragilidad, humor, tensiones y afectos reales.
Finalmente, A Way to B desplaza de manera clara el discurso habitual sobre la diversidad funcional. En lugar de insistir en la carencia o la limitación, el film pone el acento en la potencia: el goce del movimiento, el deseo de crear, la energía colectiva. La vitalidad que atraviesa la película se niega a convertir las dificultades en el centro del relato. Lo que permanece es una celebración de la vida en común y de la capacidad del arte para reforestar la imaginación y reencantar el mundo.