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jueves, 5 de febrero de 2015

donJuanismo

Juan abrió la puerta. El coño estaba allí.
El coño mostraba su cerradura tras la cerradura de aquella puerta. Había, por tanto, una doble puerta. Una puerta blindada que se abría y que desembocaba en otra puerta blindada que debía abrirse.
 El sueño de Juan era sencillo y triangular como un coño. El sueño de Juan era una pirámide invertida. Para él los misterios egipcios, la iniciación de Eleusis, la serpiente del kundalini, el botón rojo, el regalo de Santaclaus, los deseos de la lámpara de Aladino: todo, absolutamente todo, se detenía en ese inmenso coño cósmico. El coño que quería tocar, comer y follar con todo su ser. El coño que aún no había encontrado. 

sábado, 29 de diciembre de 2007

La niña zig-zag


[Foto: Vestido de niña hecho a mano]


Era casi una niña, y la preñaron las dudas y las metáforas. Su vientre aprendió de la esfericidad del sol y de las rotaciones de las bailarinas y poco a poco iba expandiéndose, con la precisión de un reloj o una brújula. Pasaron nueve lunas y aulló a medianoche. Cada contracción era una ola de mar que había de saltar para no ahogarse, las cronometraban unas lapas adosadas a su barriga palpitante, unos controles de unas comadronas de un hospital cualquiera de una ciudad con atascos. Alguien salió de aquel vértice, y lloró y hubo sangre y sangre y líquido y placenta y luego leche. El bebé mamó y lloró y mamó y lloró.



Era casi una niña y ya tenía esas marcas de meteorito en las caderas, y la flor de su sexo había dado un fruto jugoso lleno de conciencia y suavidad. Zigzagueaba a ese niño en sus brazos, que eran una barca a la deriva, y lo mecía y le cantaba y lo mecía y él lloraba y mamaba y lloraba y mamaba hasta quedarse dormido.


Puso un nombre a aquello. Puso un nombre a esa conciencia y suavidad. Y cada día lloraba y mamaba y lloraba y mamaba. Y cada día lo mecía y le cantaba y lo mecía y le cantaba. Y luego paseaban abrazados si hacía sol con vitamina D. Y luego jugaban y él reía un poquito y él decía gugu y lloraba y mamaba y lloraba y mamaba hasta quedarse dormido.


Era casi una niña y su mirada se convirtió en un pozo grave. Era casi una niña y sus pasos y sus gestos y sus voces eran cuidadosas y prudentes. Caminaba por los días como una trapecista sobre la cuerda floja. Y había vértigo y nostalgia, pero cantaba y mecía y cantaba hasta quedarse dormida.
Era casi una niña y la preñaron la luna y los ruidos de las sábanas. Su vientre creció y estalló como una supernova. Y luego llegó ese niño calvito y suave y llorón.
Y, colorín colorado, este cuento se acabó.

jueves, 27 de diciembre de 2007

Feniletilamina (la yonqui del amor)

[Cuadro: El beso, Gustav Klimt]

La yonqui del amor pasea bucólicamente por prados micro y macrocósmicos, despliega su sensualidad de telúrica conmoción ante lo brillante y hace una fotosíntesis indistinta ante el sol y la luna. Es cleptómana de la caricia. Es viuda de un bigotudo moral, calvo y gordo, capitalista desgreñado, al que dijo, escupiendo: non serviam.





La yonqui del amor desfila con porte militar por un bosque de libros, ansiosa y hambrienta como las lepismas ante las palabras esdrújulas. Estrangula cada cuarto de hora un falo tremebundo, deja que el esperma se desparrame por el interior de su útero dentado, y entonces -¡vivir para ver!- entona una nana inspirada en los diez Sephirotes.



La yonqui del amor embelesa a los mayordomos del Ritz con sus pantalones rayados made in clochard tomados del container y sus dedos manchados de Nutela lasciva, amígdalas de trufa o delicatessens. La yonqui del amor muere al pronunciarse, se desmelena por abajo y su trasero es más elocuente que su dentadura.



La yonqui del amor es condenada por la Inquisición, es lapidada por los académicos, es insultada por los poetas románticos que buscan en la literatura belleza inservible de tópicos vertidos en la papiroflexia.




Por ello, la yonqui del amor es asesinada cada día en los telediarios, es despreciada por los cincuentones que lucen su corbata con ambigua gallardía, es mutilada por los manuales de protocolo poético y jamás será publicada, y jamás ganará un concurso literario, porque sus verdades son hirientes como los vertederos escondidos, su contorsión provocaría otro Crack del 29, su mirada es un arma de destrucción masiva y sus omóplatos, demasiado parecidos a unas alas, quedan registrados en los anales de fenómenos paranormales, OVNIS.

martes, 25 de diciembre de 2007

La borracha del sexo



El distraído expande el tórax como un paraguas plegable,

todo cuanto respira se transmuta en flor y enraiza en sus pulmones,

yo amo a este payaso noctámbulo, toco a menudo sus vértebras.

Sus labios son un taxi barato.

domingo, 16 de diciembre de 2007

Reflexión sin imagen adjunta a las dos de la madrugada

Sàgar duerme. La casa está embrujada. El espejo refleja a una mujer que es igual a sí misma + madre + un bebé. Pero al ser madre no es -yo, - ella, -antes, - niña. Un pulso con la muerte. Extrañeza perpetua ante un mundo que florece y se marchita. Los ojos son agujas imantadas, brújulas que ladran los caminos y desembocan en los parques.

jueves, 11 de octubre de 2007

Ladrona de lo que parece no existir


Una vez él me dijo que no tenía secretos.

- Todo el mundo tiene secretos. - pensé.

[Pueden ser pequeños y triviales -pecadillos de juventud como fumar a escondidas o escribirse cartas de amor a uno mismo- o enormes, vertiginosos, tan inconfesables que morderán la tumba y serán pasto del alzhéimer más devastador.]

- No. Yo no tengo ninguno de esos secretos.

Y entonces.

Por eso decidí coleccionarlos. Zambullirme en el mundo y preguntar sin preguntar, allanar la morada de otras conciencias. Prostituir la opinión y enhebrar la confianza a fin de rellenar un álbum con nombres y acciones secretas. Ése sería mi regalo, una colección de secretos ajenos para el hombre más transparente de la tierra.

Los buscaría y los fabricaría a fin de que él pudiera erigirse soberano de aquello que nadie -o casi nadie- conoce, de aquello que, en efecto, parece no existir.

miércoles, 1 de agosto de 2007

Las Mil y Trece noches



Los colores del mundo me envenenan. Todavía las palabras me queman las pupilas. La sonrisa es tan versátil que puede navegarse sobre ella. Pero ya se aprendieron los límites del fuego. Ya se bebió de aquella vieja poción del cielo tenebroso. Ya sé lo que es.
La luna ha alisado los vientres de las yeguas.
Los gatos pueblan los labios con enigmas. Maúlla el corazón tan ligero como la indumentaria de un bañista. El tiempo se ha vuelto despistado. Las hogueras de ayer vuelven a achispar al bosque.
HE DE
Gemir y partirme en dos.
He de aprender cómo se empieza de nuevo.
Re(su)citar.
Alguien quiere que le ayude a nacer.
Y yo le he alquilado mi cuerpo y mi vida para hacerlo.
No sé qué pasará, mi viejo amigo, pero quizá me oigas cantar nuevas canciones. Tal vez gaste doce noches más en cuentos.

viernes, 27 de julio de 2007

El miope impertinente



- ¿Cuántas dioptrías cree usted que tengo?
- ¿Cuántos gatillazos ha tenido?
- Cuarenta y siete y medio.
- Entonces nada merece la pena. Usted y yo, si me sigue, seremos profetas de nuestro tiempo.
- Profetas de qué.
- De la imbecivilización.
- Ya nada merece la pena.
- Sólo la cerveza es áurea.
- ¿La ve?
- Sí. Es miopía lo mío y a la cerveza siempre la tengo cerca.


(De repente, entra un encapuchado con una metralleta y mata a todo el mundo).

martes, 19 de junio de 2007

Imprevisto


Si pasase algo, si pasase …
Un tranvía, una nube, un pájaro. La mano que saluda y se queda junto a las costuras de la carne; un saludo que martillea el aire, bofetada en el adiós del hombre. (Un aliento a dos centímetros de mis labios.) Si pasase…

Los chubasqueros no pueden ser impermeables a tanto dolor.

Si pasase algo, si pasase …Un coche, un elefante con globos en el hocico. Algo, un tulipán, una rosa negra. Unas pupilas vivas que crean un mundo habitable alrededor de su esfera. Unos pies descalzos untados con saliva de mundo.

*

Quise el algo prohibido.
Quise el algo con astillas en los lazos.
Quise el barniz de las cobras.

Tracé un círculo en el suelo para preguntar a la luna
si ella alguna vez había sido el colchón de mis zapatos.

- Hasuta mainda.

Por su respuesta supe que no hablábamos el mismo idioma.
La tela de los chubasqueros es capaz de soportar lágrimas de lava hirviendo.

Desagüe

[ Viracocha]
Los pechos, los pechos, me dueles. Crezco, hablo, tintineo. Olisqueo rayos con el reverso de la camisa. Dame agua. Ofréceme el charco más grande del mundo. Cautivar especies perdidas, eso busco. Me arranco botones con un soliloquio en la memoria, mientras las plantas de los pies se untan de barro en una playa cualquiera. Dejaré que hoy el mar me muerda las uñas.

La luna espera uno de mis deseosos pleitos de chocolate.
Me niego a relamer el rayo de Viracocha.

sábado, 14 de abril de 2007

Preguntadle a John Doe


Nota:
El nombre John Doe es tipicamente usado en los Estados Unidos en las acciones legales , en el caso de los hombres, para reemplazar un nombre (para mantener el real anónimo) o porque se desconoce el nombre real de la persona. Los cadáveres o los pacientes de las salas de emergencia cuya identidad se desconoce también son conocidos como John Doe. En el caso de las mujeres se utiliza el nombre de Jane Doe. El nombre que se utiliza para un niño o bebé que se encuentra en el mismo caso es Baby Doe. Si hay parientes que se encuentran en la misma situación se utiliza el nombre de James Doe, Judy Doe, etc. El apellido Doe es usualmente usado por demandantes o demandados que prefieren mantener su nombre real anónimo o porque su nombre es desconocido.
 
John Doe era, probablemente, uno de los seres más afortunados de la tierra. Era mortal, desde luego, pero lo tenía todo. Todo lo que podría desear un hombre. Los sueños de su juventud se habían realizado. No habría sido del todo feliz si el fruto de su vida no le hubiera costado lágrimas, tesón y esperanza. Tras años de esfuerzo y optimismo, había alcanzado la ansiada meta. Su cuerpo estaba drogado por la dicha. Tenía un hermoso lugar donde dormir y un trabajo donde le apreciaban. No se privaba de ningún antojo. Viajaba cuando le apetecía, cataba las delicias prohibidas que le venían en gana y era tan atractivo que todos los hombres y mujeres deseaban su compañía.
Pero su ambición no tenía límites. John Doe se cansó de su alegría. Abandonó a su pareja, la mejor que tendría nunca, ésa que tantos años le había costado enamorar. Se distanció de aquellas miradas comprensivas y sonrisas cómplices de los amigos, confianza forjada tras años de experiencias comunes. Dejó aquel hogar, idílico, generador de ohs de admiración, que había construido con sus propias manos. Se alejó del mejor trabajo, cima de su carrera. Regaló sus pertenencias, horas y horas del sudor de su frente. Quemó sus obras de arte, esas noches de fértil insomnio. Cambió su armario por los harapos de un mendigo (ir desnudo habría llamado la atención y le habría alejado de su objetivo) y se puso a pasear por una calle roñosa, más libre que nunca.
De noche, ya en Ninguna Parte, el frío le recordaba que, abrazado a una bella mujer, había deseado saber cómo era vivir ajeno a sí mismo. Ahora que no existía lo tibio, el aire le emborrachaba. Qué hermosos eran aquellos azotes de hielo en sus articulaciones, aquel dolor inmundo, aquel estruendo de lenguas desconocidas como telón de fondo y ese rostro propio desfigurado por el hambre y el miedo a la muerte.
John Doe fue, sin duda, el hombre más feliz y más infeliz del mundo. Nació sin nada y murió sin nada. Renunció a la vida para no pensar, en el momento de su muerte, que no había vivido. Amó sus arrugas cuando se hacía viejo, y las llagas de sus manos cuando trabajaba por el salario mínimo. Una vez me dijo:
- Estoy agradecido a la vida desde los seis años, cuando aprendí a silbar.
Si algún día, en el corazón de la dicha, observáis un ligero punto negro, pensad que es la pupila de John Doe, su infatigable fantasma, mirándoos desde el Más Allá. Desviad el alma de ese pequeño vacío, porque John Doe os dirá que sólo tenemos en riendas aquello que nos falta.