
Toco las estrellas con el verso que nadie dejó que escribiera. Éste permanece en mi memoria. Agua los ojos y desenfoca los miedos que huyen asustados de sus formas ahumadas.
Ese verso inédito me encontró un día tumbada en una hamaca, y me dijo:
- Cuando me escribas, toda la humanidad sonreirá a la vez, la luna se acercará a la tierra diez centímetros y un niño sin padres aprenderá a pronunciar su nombre.
- Lástima que no tenga papel y pluma a mano. – le respondí.- Estoy demasiado meditabunda como para moverme.
- Cuando me escribas –insistió-, seré como una fórmula mágica, un círculo protector que hará que no te coma ninguna bestia de la selva.
-¡Yo no paseo por la selva, querido verso! – le reproché, irónica.
- Los versos no solemos ser literales –contestó. – Quizá la ciudad en que te mueves ya sea una selva. ¿Recuerdas cómo empieza la Comedia de Dante?
No le hice caso. Continué inmiscuida en mis asuntos personales y se desvaneció a medida que volaban nuevos pensamientos. Me estaba preguntando cómo podría encontrar un nuevo trabajo, qué debería hacer para tener un cabello más sano, cómo educar a mi hijo, qué regalarle a mi pareja por su cumpleaños.
Pasaron las horas. Cené y me fui a la cama.
Por la noche, el verso se me apareció en sueños y lo apunté en un cuaderno onírico para no olvidarlo. Lástima que no pudiera leerlo al despertar.
Eran las ocho. Preparé el desayuno para Sàgar, le vestí y le llevé a la guardería. El verso volvió a mi cabeza cuando el semáforo estaba en verde, pero yo me centré en cruzar la calle y, cuando ya
había llegado a la acera de enfrente, se me olvidó por completo su ritmo exacto, si bien recordaba vagamente su significado. Era una embriagadora vuelta de tuerca. Expresaba un nosequé de manera muy elocuente y peligrosa para la cordura. Era una locura lúcida. Generaba amor y vértigo instantáneo.
Llegué a casa. Me senté frente al ordenador.
- Ven aquí, verso, ahora sí que deseo escribirte.
Entonces vino hasta mí como una mariposa de fuego. Era tan hermoso que me tembló el pulso.
- No puedo. Eres demasiado para mí. Si te escribo, creerán que soy una bruja y me quemarán viva o me meterán en la cárcel.
- Entonces, seré el verso que nadie dejó que escribieras. Seré el verso que tú nunca te dejaste escribir.
- Es quizá el secreto más grande que jamás he llegado a coleccionar. –le respondí.- Pero nunca te diré a nadie.
Lo pronuncié una vez en voz alta y se metió en mi propio oído, donde se ha quedado dormido como el genio de una lámpara maravillosa.
Ese verso inédito me encontró un día tumbada en una hamaca, y me dijo:
- Cuando me escribas, toda la humanidad sonreirá a la vez, la luna se acercará a la tierra diez centímetros y un niño sin padres aprenderá a pronunciar su nombre.
- Lástima que no tenga papel y pluma a mano. – le respondí.- Estoy demasiado meditabunda como para moverme.
- Cuando me escribas –insistió-, seré como una fórmula mágica, un círculo protector que hará que no te coma ninguna bestia de la selva.
-¡Yo no paseo por la selva, querido verso! – le reproché, irónica.
- Los versos no solemos ser literales –contestó. – Quizá la ciudad en que te mueves ya sea una selva. ¿Recuerdas cómo empieza la Comedia de Dante?
No le hice caso. Continué inmiscuida en mis asuntos personales y se desvaneció a medida que volaban nuevos pensamientos. Me estaba preguntando cómo podría encontrar un nuevo trabajo, qué debería hacer para tener un cabello más sano, cómo educar a mi hijo, qué regalarle a mi pareja por su cumpleaños.
Pasaron las horas. Cené y me fui a la cama.
Por la noche, el verso se me apareció en sueños y lo apunté en un cuaderno onírico para no olvidarlo. Lástima que no pudiera leerlo al despertar.
Eran las ocho. Preparé el desayuno para Sàgar, le vestí y le llevé a la guardería. El verso volvió a mi cabeza cuando el semáforo estaba en verde, pero yo me centré en cruzar la calle y, cuando ya
había llegado a la acera de enfrente, se me olvidó por completo su ritmo exacto, si bien recordaba vagamente su significado. Era una embriagadora vuelta de tuerca. Expresaba un nosequé de manera muy elocuente y peligrosa para la cordura. Era una locura lúcida. Generaba amor y vértigo instantáneo.
Llegué a casa. Me senté frente al ordenador.
- Ven aquí, verso, ahora sí que deseo escribirte.
Entonces vino hasta mí como una mariposa de fuego. Era tan hermoso que me tembló el pulso.
- No puedo. Eres demasiado para mí. Si te escribo, creerán que soy una bruja y me quemarán viva o me meterán en la cárcel.
- Entonces, seré el verso que nadie dejó que escribieras. Seré el verso que tú nunca te dejaste escribir.
- Es quizá el secreto más grande que jamás he llegado a coleccionar. –le respondí.- Pero nunca te diré a nadie.
Lo pronuncié una vez en voz alta y se metió en mi propio oído, donde se ha quedado dormido como el genio de una lámpara maravillosa.




