domingo, 29 de julio de 2007

Walden (Fragmentos)


[ El 4 de julio de 1845, Thoreau se traslada a vivir a Walden Pon, a una cabaña que construye con sus propias manos. Allí pasa dos años. Amasa el pan que se come, siembra y recolecta sus propios alimentos, y en profunda soledad, tiene la fortuna de detener la alocada prisa occidental para sumergirse en una gozosa contemplación de la vida. Transcribo unos fragmentos de Walden (Madrid: Cátedra, 2006, pp. 138-142). Para ser leídos en las futuras reuniones del Club de los Poetas Muertos. ]


"No conozco ningún hecho más alentador que la incuestionable habilidad del hombre para elevar su vida por medio de un esfuerzo consciente. Ser capaz de pintar un cuadro en particular o esculpir una estatua es algo, así como embellecer ciertos objetos, pero resulta mucho más glorioso esculpir y pintar la atmósfera y el medio mismo a través del cual miramos" (...)

"Fui a los bosques porque quería vivir a conciencia, quería vivir a fondo y extraer todo el meollo a la vida. Dejar de lado todo lo que no fuera vida para no descubrir, en el momento de la muerte, que no había vivido. No quería descubrir lo que no fuera vida, porque vivir es caro, ni quería practicar la resignación a menos que fuera completamente necesario. Quería vivir con profundidad y absorber toda la médula de la vida, vivir de manera tan severa y espartana todo cuanto no fuera vida, abrir un amplio surco y arrasarlo, arrinconar a la vida y reducirla a sus términos inferiores y, si resultaba mezquina, coger toda su genuina mezquindad y hacerla pública al mundo; o, si era sublime, saberlo por experiencia y ser capaz de dar cuenta de ello en mi próxima excursión. La mayoría de los hombres, a mi juicio, se halla en una extraña incertidumbre respecto a si la vida es cosa de Dios o del diablo, y ha concluido algo precipitadamente que el principal fin del hombre es
glorificar a Dios y gozar de él por siempre." (...)

"Nuestra vida se pierde en los detalles. Un hombre honrado no necesita sino contar sus diez dedos y, en casos extremos, añadir los diez dedos de los pies, y dejar el resto. ¡Sencillez, sencillez, sencillez! Os digo que vuestros asuntos sean dos o tres y no cien mil; en lugar de un millón, contad media docena y llevad las cuentas con la uña del pulgar." (...)

"Las imposturas y engaños se consideran las más sólidas verdades, mientras que la realidad es fabulosa. Si los hombres observaran sólo realidades y no dejaran que los engañaran, la vida, comparada con las cosas que conocemos, sería como un cuento de hadas de las Mil y Una Noches. Si respetáramos sólo lo que es inevitable y tiene derecho a existir, la música y la poesía resonarían por las calles." (...)

"El tiempo no es sino la corriente donde voy a pescar. Bebo en ella, pero mientras bebo, veo el fondo arenoso y veo lo somero que es. Su delgada corriente se desliza, pero la eternidad permanece. Querría beber en lo profundo, pescar en el cielo, cuyo fondo está empedrado de estrellas. No puedo contar ni una sola. No conozco la primera letra del alfabeto. Siempre he lamentado no ser tan sabio como el día en que nací. La inteligencia es un cuchillo afilado, discierne y penetra el secreto de las cosas. No deseo estar ocupado con mis manos más que lo necesario. Mi cabeza es manos y pies. Siento mis mejores facultades concentradas en ella. Mi instinto me dice que mi cabeza es un órgano para excavar, así como otras criaturas usan su hocico y patas devanteras y con ella minaría y excavaría mi camino a través de estas colinas. Creo que el filón más rico está por aquí; juzgo por la varita adivinatoria y los finos vapores ascendentes, y aquí empezaré a minar."


viernes, 27 de julio de 2007

El miope impertinente



- ¿Cuántas dioptrías cree usted que tengo?
- ¿Cuántos gatillazos ha tenido?
- Cuarenta y siete y medio.
- Entonces nada merece la pena. Usted y yo, si me sigue, seremos profetas de nuestro tiempo.
- Profetas de qué.
- De la imbecivilización.
- Ya nada merece la pena.
- Sólo la cerveza es áurea.
- ¿La ve?
- Sí. Es miopía lo mío y a la cerveza siempre la tengo cerca.


(De repente, entra un encapuchado con una metralleta y mata a todo el mundo).

martes, 24 de julio de 2007

E en buscando aquesto




Introducción afónica
El cuerno del cartero de Münchhausen era más bonito que una bocina electrónica con el sonido en conserva; las botas de siete leguas, más bonitas que el automóvil; el imperio del rey Laurin, más bonito que un túnel ferroviario, las raíces curativas de la mandrágora más bonitas que un telegrama ilustrado, comer el corazón de la propia madre y entender el lenguaje de las aves, más bonito que un estudio zoopsicológico sobre la expresión rítmica del gorgeo de los pájaros.
Robert Musil, El hombre sin atributos
Qué fácil confundir un beso y un coágulo. Usted no podría discernir la ínfima línea que separa el placer severo del dolor liviano. Pero no genere esa mueca de disgusto en los labios. No tuerza el rostro como si un viento lo doblase. Sonría, a pesar de lo grotesco de la situación. Estoy frente a usted y veo de lejos su talón de Aquiles. ¡Ah, hombre maduro encorbatado, de irresistible americana y gafas de sol! No me impresiona esa barítona voz de gentleman, ajada por el alcohol y afectada por fugaces infidelidades de hotel de lujo. Ni su cortesía de implante, esa barata imitación de Humphrey Bogard. Ni su repentina melancolía de cigarrillo, que ahora mismo parece inundarle de negros humores.


Venga conmigo, a mi casa. Quiero enseñarle los dientes amarillos de los gitanos y los veleros de papel ahogados en el lodo. A veces sigo la corriente del río y veo cómo a medida que envejece se hace más opaco. Soy incapaz de imaginar su fondo. La turbulencia me impide atravesarlo de una sola ojeada.


Mi barraca con jacuzzi huele siempre a tierra húmeda. En invierno paso frío y por eso busco a hombres soñadores como usted, algo bohemios y presuntuosos, para que me inviten a cenar y disfruten del sexo en la precariedad suburbial. No me juzga pobre porque soy aseada y creativa con los despojos. El vestido lo reciclé de un contenedor. Nadie lo imaginaría. Usted ha quedado conmigo porque conoce mi fama. Esa historia falsa de mi vida, que me forjé en las aulas universitarias y se extendió de boca en boca desde los bares que suelo frecuentar. Todo una mentira. Cada vez que calzo mis botas negras con cordones me invento un nombre nuevo y un personaje. Imagino una historia distinta, con la que seducir a los crédulos desconocidos de la noche.


Mire las fábricas a los lejos. Su espectáculo de humo. Acaba de empezar, sin duda, el principio de una obra anónima, lanzada al vacío sin más por una puta de enrevesada anarquía ideológica. Nociva para el medio ambiente. La literatura ha nacido en estas calles. La murmuran las marujas en las colas del mercado y en las sillas inhóspitas de los cafés insalubres.


Mi mente, naturalmente, se estructura en torno a dos símbolos, las dos mujeres que conviven en mí. Me refiero a cuando existen dos individuos completamente distintos, que no obstante son complementarios. Uno es el héroe. El otro, el cobarde. Uno es en acto; el otro, en potencia. Uno es pleno y el otro desgraciado. Lo más jodido es que, tal vez, ambos, bellos y horribles al unísono, moran antagónicos en nuestra alma, y se van turnando pensamientos.
Existe sobre la faz de la tierra una tipología de seres excesivamente vulnerables, hasta tal punto que el viajero se pregunta en su contemplación desapegada del mundo si la flor delicada del camino, si la crepitante mariposa nocturna, si la señorita K, no deberían extinguirse en la siguiente generación, para no estallar en mil pedazos cada vez que un avión turístico surca ruidosamente los cielos. ¿De dónde surgen estas criaturas? ¿Han sido acaso producto de una hipérbole divina, provocada por la conjunción magnética de dos astros inverosímiles? Jamás he conocido a nadie más triste.
Aman demasiado la tierra que les hinca sus zarpas y les rasga la vida. Por eso no han sabido romper. Jamás han sido como los rebeldes o los espléndidos fugitivos, que en un impulso de valentía o de inconciencia -no sabría decir bien qué es- inician una rápida carrera hacia otros parajes, creando un pasaporte falso y olvidando a pasos vertiginosos cualquier resquicio de añoranza pasada. Los fugitivos han podido matar a la madre e incendiar su lugar de nacimiento para consagrar otro mundo en su país de llegada. La señorita K, en cambio, jamás abandonó, siquiera, el mantel azul sobre el que comía cuando era niña.

Estos olvidados despiertan sin el tacto de un abrazo o un beso. Nadie los toca ni acaricia. Notan esa carencia y les manan lágrimas. Necesitan el sexo para sentirse reales. No tenerlo les mata. La señorita K es una bella durmiente que duerme intacta en un palacio suntuoso cubierto de telarañas. Espera una señal supersticiosa, un beso simbólico del príncipe, para despertar del ensueño de su vida. (Es, en verdad, complicado: ¿cómo ignorar que la nacieron, la vivieron y la mataron los otros, siempre los otros?) Entonces, la brusquedad inclemente de los vehículos, el amoniaco letal de los cigarrillos prefabricados, el borde cortante de las puertas oxidadas o el desdén estrepitoso de los jefes de empresa, pueden sumir a la señorita K en un llanto imperceptible y continuado. Porque son motivos que quebrantan la música de su cabeza, la armoniosa secuencialidad de lo perfecto.
Pero, amigo Humphrey, existe sobre la faz de la tierra otra tipología de seres excesivamente vulnerables, a pesar de que el viajero desapegado podría juzgarlos como fuertes y resistentes, porque la naturaleza dispersó su frágil encanto con una coraza protectora. Las espinas del cactus, la quitina del grillo, el sombrero de Madame H, nos hacen pensar que estos seres son afortunados, porque disponen de un arma de defensa cada vez que estalla una guerra. Igualmente les duele ver la mediocridad del mundo, pero tienen unas alas sutiles en la mente, un sónar que les permite contactar con las utopías.


Madame H come los embutidos que penden de los árboles de Jauja, vive como princesa de la Tierra Media, es una vikinga de Walhala, teje luz con Beatrice en los Campos Elíseos. Madame H. lució el oro de El Dorado, conoció a los últimos pitagóricos en la Atlántida, levitó con Peter Pan sobre Nunca Jamás. Ha pisado Castalia, Tecnópolis, Bavia, el Parnaso, la Ciudad del Sol, el Bagdad de las Mil y una noches, el Más Allá mesopotámico, egipcio y tibetano. Ella dispone de una torre de marfil a su antojo, por ello es para mí tan fascinante.
Pero por encima de Madame H y la señorita K, está la Hembra sin Atributos. No hay dos sin tres, dicen. Uno más uno, tres, dicen. Soy esencialmente atea, pero entiendo la mecánica de la Trinidad. La Hembra sin Atributos tenía una Clark Nova de color amarillo: un escarabajo mecánico lleno de tachuelas. Quería exprimir el zumo de su espíritu hasta que su cuerpo se convirtiera en la piel macilenta de la serpiente. Se le ocurrió escribir después de ver a esos ancianos esperando a Dios bajo la luz del sol en las plazas públicas. El día del vigésimo cumpleaños de nuestra Hembra sin Atributos, Charles Aznavour había cantado desde las nubes escocesas de ese mundo platónico paralelo de la conciencia:
La bohème, la bohème,
ça voulait dire on a vingt ans.
La bohème, la bohème,
et nous vivions de l’air du temps.
Formalizaremos el saludo, a lo latino pedantesco. ¿Qué le parece, Humprey? Ave avete. Deseo llenarle de huellas dactilares. El saludo debe ser cariñoso, pero con un ramalazo agrio final para no caer en lo pasteloso. La palabra es cómplice. Es la mejor que he encontrado desde que me enamoré de un yonqui con la mirada de un Concorde. El hombre del mañana.
Es cierto: vivimos en el olvido de nuestras metamorfosis. Hace apenas un par de días, era un renacuajo que quería suicidarse porque veía despuntar dos patas traseras en su fiera aleta. Hoy, en cambio, me sé rana. He descubierto el placer de la tierra y el agua y me columpio en los verdes nenúfares de la transición. Ya no deseo morir, porque he nacido de nuevo. Algo murió en mí, y ahora estoy croando en la charca.
Cuánto duelen las palabras. Ellas siempre resucitan a Lázaro. Pero no oso destruirlas. No éstas, que le pertenecen. Sé que esta acción puede molestarle. Mis disculpas. Pero ese continuado silencio me hace suponer que le interesa mi historia. Libéreme de este amor literario, de este amor maldito, de este amor estoico, tan cansado ya, ¡tan roto, y maltratado, y sublimado! Dígame, Humphrey, que el mundo es grande y que no tiene sentido sentir nostalgia del sueño de Ícaro. Dígame silencio. Dígame lápida. Dígame que sea fuerte, que siga adelante, que madure y persevere. No sé por donde empezar. Voy a pedir un Martini. El alcohol me convierte en una niña enferma de melancolía.

miércoles, 18 de julio de 2007

IV

[Hooper, A woman in the sun]


Existía un lugar donde nada me tocase, ni siquiera la tierra.
Quise traicionar y arrepentirme ante la inmensidad del océano,
y a la vez ganar un dinero sucio, propio de mi baja condición. Pensé
a costa de una libertad de náufrago. Me corté los cabellos perversos,
puse esparadrapo en mis pechos, vestí los pantalones anchos y hombrunos,
puse un grácil gorro de lana en mi cabeza, calcé las botas militares,
estudié la consistencia del fango y quise eludir por una eternidad
el pendulear ingrato de mis caderas malnacidas.

III



La verdad se convirtió en mentira. La seguridad, en miedo.
Un viejo zorro envidioso desplumó mis ropajes de un zarpazo
matemático. Me señaló y dijo: "piensa". Me señaló y dijo: "eres mala".
Me señaló y dijo: "Serás castigada por amar demasiado".
El estribillo se tatuó en el oro más bello de mi mente. Dejé de escuchar
la voz aérea del amado. Lloré y el dolor me impregnó de Negro.
Ansié lo Negro. Quise el cobijo de lo Negro. Invoqué una cueva de Negro

para enterrar todos los luceros que manan del vientre. E hice penitencia.

martes, 17 de julio de 2007

II



Pero un día, la manzana. Pero un día, un mendigo me señaló apocalíptico.
Me señaló y su garfio rasgó mis plumas, y caí como Ícaro. Me señaló
y dijo: "piensa". Me señaló y dijo: "eres mala". Me señaló y dijo:
"serás castigada por amar demasiado". Mujer para un solo hombre.
Mujer: no para el mundo, no para el beso de los cielos. Mujer
para un solo hombre. Se derritió mi corazón y la cera cayó lentamente,
estalactita de fuego llorada. Llorada. El mendigo sepultó nuestro sueño
e inventó la moral. Y así me convirtió a su condición: mendiga pensadora.

sábado, 14 de julio de 2007

Plataforma petrolífera



Mientras soñábamos, las alas se extendían airosas en la espalda:
un callejón de Chagall y luceros pastel barnizaban un mundo bucólico
bajo los pies, desnudos de grilletes. La media voz de un hombre
alimentaba sin piedad mi sonrisa desmedida. Era feliz volando
sobre un jarrón de mitos báquicos y aéreos. Un tropel de almas
se asomaba a las ventanas más pobres; los enamorados se abrazaban
sobre el asfalto; los ancianos adoraban a los niños y los niños
jugaban para los ancianos. Soñábamos y éramos dioses. Soñábamos.