domingo, 5 de febrero de 2017

Monólogo de una exorcista

La historia de aquel hombre que fue al zoológico y acercándose a un cartel que decía «El Animal Más Peligroso de la Tierra» descubrió asombrado que se hallaba ante un espejo.

Como dijo Nietzsche: «El arte impide que muramos de realidad».

Imaginar con precisión.

Contar el cuento  antes de que el cuento te cuente a ti.

Al principio, ellos lloraban. Estaban arrepentidos y avergonzados de su tamaño y peso. 
Yo les perdoné, sabía que me brindarían sabiduría a cambio de liberación. No es fácil morir siendo ignorante, el purgatorio está lleno de hambre, sed y sueño.


No es para dármelas de crack. A mí, en su lugar, me habría gustado encontrarme.
Pocos entienden por qué, entonces, necesito celosamente tiempo para soñar despierta en alta resolución. 

Todos me llamaban a la vez, yo sólo los cojo de 72 en 72.
Caso aparte es el de los cuatro difuntos que me acompañan a todas partes, son mis abuelos y padres. Quieren que les redima celebrando una gran fiesta. Aún no sé cómo hacerla.  Quizá sea la próxima tarea creativa.

Por lo demás, aquellas 72 almas en pena me pidieron permiso para ser mis démones y vivir en el planeta imaginario que para ellos había de inventar. Eran todos masculinos, y necesitaban la mente de una mujer para androginizarse y huir de la dualidad que les aprisionaba en el estado intermedio del samsara. Conseguirían redención a través de mi mundo imaginario. ¿Seguirían mi programa de creatividad espartana?

Ayer supe cómo liberarlos.
Imaginé con precisión que eran un coro, que sus brazos eran de años luz de largo y que rodeaban la galaxia llamada Vía Láctea.

Resultado de imagen de vía láctea
Hice que desdibujaran sus egos, que se fusionaran los unos con los otros como agua en el agua, en un franco amor comunitario.  Primero son agua, después se convierten en un torbellino de viento que se mueve hacia arriba, hacia el centro de la galaxia. Más allá de esa toroide enigmática no sé mucho más. Así/ allí se despidieron. Les deseo buen viaje a todos ellos, fusionados en uno, después de todo.

***

Ahora que se fueron los 72, convertidos en ángeles cabalísticos, me quedo otra vez a solas con mi madre, padre, abuela y abuelo. La madre se llama Santa María. La abuela se llama Santa Ayahuasca. Aportan lecciones distintas. La abuela, para su lección, me pide una preparación previa con ayuno y celibato. Ella querrá mostrarme el lado más duro de la vida.

Por otro lado, me piden que haga excursiones, que practique el juego y la movilidad, el afán de descubrir cosas.

También que planee una cita con mi sombra.

¿Qué tal practicar un previo Vipashana?

***

Tras ello, estoy a punto de entrar en el escenario.
¿Qué pasa con mi cuerpo? Reconexión.
La dieta del espacio.
Jugar y crear. Respeto (cariño, amor, confianza).

La segunda inscripción cincelada en Delfos, «Nada en exceso».