miércoles, 2 de diciembre de 2009

La vieja del tranvía


[Foto del Tram de Barcelona]

A veces vivimos demasiado en la mente. Estamos ensimismados en los sueños y las pesadillas. No nos han dado una educación sentimental adecuada. Por eso nos convertimos en monstruos de lo que amamos y la noche se llena de vampiros.

En esa cárcel de espejos me encontraba yo esta tarde en una estación de tranvía, junto al pequeño Sàgar. En esa tortura se enredaba el humo de mis pensamientos, el silencio rebotando en las paredes de la imaginación, las culpas ennegrecidas y una tristísima tristeza, más grande que la de una necrológica, una tristeza del libre albedrío.

Entonces, una viejecita que estaba sentada a mi lado ha sacado una bolsa llena de mandarinas y me ha dado una para Sàgar. Sàgar primero se la ha mirado como si fuera una pelota naranja. Luego le ha respirado el aroma y le ha mordido la piel para intentar comérsela. Se la he pelado y me he comido el primer gajo, casi por instinto, para probarla.

El sabor del presente, entonces, me ha golpeado con ese gajo jugoso de mandarina en la boca.

Cuando ha llegado el tranvía y hemos subido, la vieja me ha dicho:

- Hay que ver lo bonitos que son los niños y las frutas.

Hemos charlado hasta la bifurcación de caminos. Y me ha dado una lección demasiado grande para un pequeño gajo de mandarina.


5 comentarios:

Kina dijo...

Por casualidad, buscando blogs que hablaran sobre la polipoesía, he caído aquí, me alegra :)
Un placer leerte (tb soy badalonina-nina-nina, qué cosas)

tientaparedes dijo...

Sigue comiendo y comiendo un buen rato y dejarás de ver al mandarino que te acompaña en el trayecto, recaer en los monstruos que engendra la razón es lo más fácil del mundo. ¡Atención, aquí y ahora!

Kina dijo...

;) Avísame cuando haya un recital, please!!
Saludos!!

Therfer dijo...

A veces basta sólo recordar los buenos sentimientos que heredamos. La educación sentimental es un cúmulo de elecciones, y de sensaciones que nos fueron transmitidas y que transmitimos a nuestros hijos. Un abrazo.

Miss Morpheus dijo...

A veces cometo el "error" de compartir con esas personas que plantan todo el pie en el suelo cuando caminan alguna de las cosas que me pasan... como que un ángel se ha cruzado ese día en mi vida. No es tan complicado, ¿no crees? Su apariencia es tan vulgar que a la mayoría les pasan desapercibidos... pero qué poder tienen para sacarnos de nuestros avernos y hacernos volver con algo tan simple como un gajo de mandarina...