A veces, creo que podría escribir un libro sobre mis amigos, y que sería maravilloso, surrealista, trágico, exhuberante: vida en estado puro. Mis amigos son personajes fabulosos, que todavía no se han inventado en una novela. A veces, creo que, si escribiera un libro sobre ellos, habría plasmado todos los sueños de la humanidad en un centenar de páginas. Porque si algo tienen mis amigos es que sueñan como cabrones. Nos hemos disfrazado tanto de imaginación que los siento proteicos e impredecibles, arriesgados y sensibles, enfermos de ficción y borrachos de realidad.
Si mis amigos aparecieran en una novela, el lector quedaría fascinado ante el sibaritismo, la espontaneidad, el "alma puesta" de nuestros primeros encuentros. Son raros y preciosos. Los adoro hasta el punto de desear ser mejor persona: quiero que estallen de felicidad. Cuando me he revolcado en el dolor y en la rabia, me han ofrecido confianza en mi propia fuerza para salir adelante (esa es la única manera de ayudar a alguien).
Es bonito tener un cómplice en este absurdo de mundo en el que hemos aterrizado. Pasear con alguien y silbar por el camino. Los amigos son vínculos, puertas abiertas a una nueva percepción del mundo. Cuando amas a un amigo con transparencia y cariño sientes que tu conciencia se ha expandido más allá de tu piel, de tu educación, de tus putos ojos.


