Imagina.
A veces, cuando uno respira demasiado rápido, viene.
Pasea sobre el propio hombro, merodea como un perro.
Si le buscas, se esconde en un agujero.
Si le llamas, huye.
Una vez me escupió porque quería ponerle un nombre.
Sólo podemos coincidir después del ritual.
He de olvidar que el tiempo existe.
Reconstruir la historia, a pesar de los silencios.
Pero una noche, le dije adiós y se quedó conmigo.
Le dije, “tengo miedo”,
“tengo miedo porque no me importa morir joven”.
Le dije, “He soñado que me sorbía la tierra,
que mis ojos eran plumas de quetzal,
he soñado que surcaba el océano
en una botella de whisky,
he soñado
que lo deseaba todo y nada,
que renunciaría a mis dioses malos
si tú me lo pidieras.”
Me escuchó con atención. No se fue.
Me dijo que es el único que en verdad me conoce.
Dijo que un día volaríamos. Que... imaginase. Cómo sería.
Cómo sería gozar de su tacto. Mirarle. Desaprender.
Congelar la vida mientras le contemplo.
Qué puedo decir.
A veces quema.
Se mete en el cuerpo, y la piel reacciona. Dilata las pupilas.
“Recorre las calles.- dice-
“Ve sola.
“Enamora a los desconocidos más allá de la niebla.
“Camina sobre mí mientras yo te camino.
“Escribe para cazarme, soy fugitivo.
Y, luego, con fuego, me obliga a escribir esto:
“Dame una sola canción para existir”.