jueves, 24 de mayo de 2007

La tragedia profana


[A Alice Vannoy, William Blake y Aldous Huxley

-Por Dios te ruego, marinero, dígasme ora ese cantar.--

Respondióle el marinero, tal respuesta le fue a dar:

-Yo no digo esta canción sino a quien conmigo va. ]
La droga reposa en la lengua del Nuevo Dante, que espera descubrir a dónde le llevarás, LSD, demonio de los que buscan más allá de las leyes morales de la ciudad. ¿Qué castillos de naipes fabricarás con sus sueños de hombre común? ¿Le engañarás con tus luces de neón? Llorará ante el holograma del paraíso perdido y luego le dejarás tirado, con resaca, y con esa angustia de no saber cómo se levantará mañana, pese a todo, cómo seguirá trabajando -¡mecánico pelele!-, pese a todo, cómo se aferrará a ese carrusel de rostros desconocidos que no le aman ni pronuncian su nombre de pila estremeciéndose. Pese a todo.


Con qué jeta AL DÍA SIGUIENTE encenderá el Nuevo Dante el pitillo del desayuno en el mismo bar de borrachos, con qué jeta cogerá los bártulos y se irá a leer a alguna Biblioteca con ansia de detener el occidental miedo a la vida, con qué jeta pensará que no ha tentado la ira de ningún dios, que no se ha violado el alma invocando ese saber que está vedado a los hombres. Todo, para no reconocer que ha escuchado, otra vez, aquella vieja canción del mundo. Aquella espontánea melodía, armoniosa y simétrica, que deshace las piedras con su fuerza órfica, que genera ondas magnéticas en la luna, que dota a los árboles de un lenguaje atávico y dilata sus pupilas drogadas con una luz atemporal y matemática.

El viaje le habrá revolucionado y será incapaz de explicarlo en tercetos encadenados. Callará como Paolo y le reventará todo por dentro. Alguien prosaico imaginará su historia, y la escribirá en jerga cotidiana. Sonreirá a Beatrice pensando en ese mundo desnudo que conoce sus nombres. Pero le matará la dualidad del otro lado. Le matarán los cajeros automáticos y la televisión encendida le matará, le matará la mirada opaca de los jefes y el desprecio de las minorías desgraciadas le matará. Sentirá ganas de escupir. Ganas de besar y ganas de escupir. ¿Quién podría vivir dentro de su cuerpo con tan opuestos impulsos poblándole? El Nuevo Dante vive las contradicciones de esta época. Hace tiempo que murieron nuestros dioses. Su misticismo se trempa en lo profano. El Nuevo Dante es un yonqui, como lo sería el Nuevo Don Quijote si algún punky se hubiera inventado su historia.

No sacarás nada que no esté en mi cabeza, Demonio Artificial. He iniciado este recorrido tabú porque quiero entregar otro fuego a los hombres. Pongo en la balanza todo lo que me resta de pureza, todo lo que me queda de inocencia, sólo para que me dispares con tu revólver. Llevas siglos haciéndonos sufrir, oscura Realidad. Qué más da morir de tedio o de un fanático autoengaño. Vanidad de laurel o de locura. Da igual. Se me desgarra el corazón cuando miro y toco un mundo que no comprendo. Bailo sin pensar, pero dentro una voz me dice lo absurdo de mi dolor y mi alegría.

Desde la proscripción cantan las bellas sirenas de las afueras. El Nuevo Dante pretende viajar desde la habitación inerte y penumbrosa, esparcir deseos sin moverse. Hoy todavía no se ha despertado. Bastardo de la realidad, todavía sueña. No pasa nada. Ha salido la luz del sol. ¿Has perdido, quizá, tu sustancia? ¿Cuánto tardarás en infiltrarte en las venas? Te ha tomado en la soledad y ve que tal vez muchos exageraban tus efectos. Se libra de su voluntad y espera la visita de algún ángel. Virgilio, el guía ensangrentado, dispuesto a hacer con Dante otra vez este viaje sin retorno, le mira de reojo. Virgilio no sabe si decirle que ya no es ni una sombra. Que ya no es ni un fantasma suspendido entre el cielo y el infierno. Que ya sólo es tinta de libro.

Las brujas murmuran que, tradicionalmente, los poderes mágicos se asumen en la luna llena y que los cuentos explican verdades evidentes. Quisiera notar en el veneno el sabor de las quimeras del hombre. Tal vez reposen en la Caja de Pandora, junto con todos los males del mundo.

Ahora le duele el dedo anular. Las nubes tras la ventana susurran "paciencia" al Nuevo Dante: que se vista con unos vaqueros negros, que mire por la ventana y reflexione. Hoy será un día largo. Sabrá por qué carajo estamos en este mundo absurdo, donde todos luchamos por dinero podrido, estatus sadistas, por afectos que estorben el vértigo de nuestra condición finita. Queremos que todos nos digan lo guapos y fabulosos que somos, que nos digan "te quiero". Si no, sufrimos. Sufrimos porque el iluso amor de los otros es un enorme parche para esta monstruosa herida llamada INCERTIDUMBRE.

No siento el veneno, todavía. ¿Cuánto tardará en matarme? Este amor enorme me destroza. Papel secante con un corazón dibujado. Cuando me pongo de pie noto que he empezado a flotar y que no lo sabía, que el día es hermoso y que no lo sabía. Siento todas las reencarnaciones dentro de la piel, todas mis almas anteriores bailan embriagadas dentro de cada uno de mis órganos. Vaya, recuerdo aquello que creí hipérboles poéticas. Las metáforas se vivencian. La imaginación, las sospechas, son al instante materializadas.


¡Llegó, llegó! Esta savia divina que le hace venerar la existencia, que desintegra nuestros ojos y los derrama en la belleza. Esta vitalidad inmediata, tan fuerte que empaña la mirada de Dante. Este veneno que le hace amarte, Humanidad, con una euforia que le incita a olvidar todos los Papas injustos de la Historia, su loca historia familiar, aquella muerte folletinesca del primer amor: todos, todos sus pretextos de melancolía ante la interrogación del perpetuo hombre de plástico. (Todo esto, de hecho, el Nuevo Dante lo habría conseguido con un poco de fe: un poco de fe, tan sólo. Pero quién iba a creerse nada, ¿eh? Ojos y oídos bulímicos de engullir propaganda. La fe forma parte de la publicidad y Dante sólo puede drogarse para creer en algo.)

El día es tan largo y tiene tanta energía (energía que -susurran- siempre ha sido nuestra) que ahora mismo el cronista paria tendría que dejar de escribir para que todos vieran la felicidad súbita que ese tripi ha procurado a Dante.

- Camina. Serénate. Observa.

He regresado. He visto muchos colores allá fuera. El fuego estaba dentro de la armonía de cada pequeño átomo de arena. Todas las plantas y los hombres extranjeros y la luna hablaban al unísono el mismo idioma. He tocado un tronco de árbol y a la vez -fijaos, digo "a la vez": el tiempo no existe- la energía caliente y fértil de la tierra. Sería difícil no fundirse ante esa serenidad absoluta, esa felicidad plena. En un instante creo que he dejado de pensar. Era Todo. Ojalá, Humanidad, pudiera explicarte cómo se puede viajar sin maletas. Sin consumir un billete de avión o de barco. LSD en los labios, dos euros en el bolsillo y la dirección de casa en un zapato. He habitado ese instante sin nombre y sin edad. He sido grande o pequeño, sin tamaño. He sido tanto que he llegado a no ser. Ahora regreso para que los otros insulten mi amoralidad.


El Nuevo Dante vive su tragedia profana. Me pregunto si mañana podrá levantarse y vivir la rutina opresiva de cada día. Quiero decir: me pregunto si hay marcha atrás. El recuerdo le confundirá. Creerá que ha soñado ser Job frente al mar. Creerá que ha soñado que la vida se refleja en las palmas de las manos, en la savia de los árboles, incluso en las arrugas de los viejos, en los clavos oxidados de las vías de tren. Le he traicionado. El Nuevo Dante habría eliminado aquellas gramáticas que no existen. El Nuevo Dante habría callado, como Paolo. El Nuevo Dante, ante las preguntas insaciables de los periodistas, habría mantenido el secreto
.

La mujer pájaro



A mi padre, mucho más humano que el de Kafka,
estoico sufridor de hijas rebeldes comemundos.

Hay un vuelo anterior a las jaulas, vuelo inocente como el desnudo paradisíaco, que en nada las jaulas perjudican, coartan ni limitan; hay un vuelo coetáneo de las jaulas, un vuelo enjaulado, digámoslo así, pero libre, no obstante, para volar dentro de su jaula, hacia los cuatro puntos cardinales.

Que este vuelo ha perdido su inocencia, nadie puede negarlo. Pero ha ganado, en cambio, la noble aspiración a volar fuera de su jaula. ¿Que para el logro de esta aspiración la jaula es un obstáculo? Sin duda. Pero es también conditio sine qua non para el caso de que esta aspiración se cumpla. Porque ¿cómo volará un pájaro fuera de su jaula, si esta jaula no existe?

ANTONIO MACHADO, Juan de Mairena

 


Oí un berrido de considerable potencia decibélica y dejé todo lo que tenía entre manos: un teclado antipático, que se negaba a tatuar el cuento deseado, una silla tapizada color marrón avellana, la pantalla blanca y desdeñosa del Daewo (mi robótica musa gongorina) y medio vaso de horchata, simpático y comprensivo. Como digo, lo dejé todo por aquel chillido de la jungla familiar y llegué corriendo hasta el imán de gritos, con la adrenalina pujante como el mercurio en verano. Entonces lo vi: irremediablemente quemado, de pie, con su cuerpo en calzoncillos y sudor, arrugado y quisquilloso. Mi padre estaba en el interior del cuarto de baño y en cuanto aprecié su aspecto rabioso y chispeante, lo relacioné con la reencarnación del viejo estornudabroncas de Kafka. Me aplastó con sus pupilas de pata de elefante y dijo:

- ¡Mira!

Estuve treinta largos segundos mirando el no sé qué que él quería que viese. El aire se hacía espeso a mi alrededor, irrespirable, contaminado por las fosas nasales bilioso-coléricas de mi padre. Las venillas de su retina se multiplicaban por cinco, se ramificaban como filas de hormigas rojas, y yo presentía que de un momento a otro sus ojos morderían. Predominaba ese silencio de electrodoméstico susurrante, la guillotina amenazadora del grito. Me encogí como un caracol tembloroso y achanté la espalda lo suficiente para que ésta pareciese el lomo de un animal herbívoro. Él insistió, doblando la intensidad del volumen:

-¡¡Mira!!

Miré: lavabo rosado, depresión sobre mármol blanco, pastillas de jabón redondeadas con olor a fresa, peine de dos púas rotas sobre el tocador, botes de colonia en los estantes (Faralah, Royal Ambree, Maximo Dutti, Nenuco rellenado de agua) gel Sanex, gomina, matacallos, pomada, pasta de dientes, leche solar Sun Milk 12 resistente al agua, cepillos de dientes (azul claro, eléctrico, marino, cianesco) con cerdas abiertas… bla, bla, bla…váter (olor perruno excrementício), rollos de papel de váter, escobilla de váter, un, dos, tres bombillas fundidas... Ah, y entonces me di cuenta:

EL CHAMPÚ ESTÁ DECAPITADO


Me encogí como un molusco cazador y puse cara de pena o de menor de edad. Pero ya era tarde, y el infierno florecía en las facciones del mundo:

- ¡¡¡Por qué coño nunca cierras el tapón del champú!!!

Cogí al champú con las dos manos y le enrosqué el tapón, temblando. Poner el chupete a un recién nacido berreante. Mi padre lo veía así, como una estúpida regla de tres: panteísmo materialista es igual a cada cacharro debe estar en su sitio, limpio y nutrido por el buen uso, pero mi hija despistada es una asesina de los objetos, luego…

-¡¡No eres una mujer hecha y derecha!! ¡¡Marrana, so marrana!!
Tragué saliva y regresé a mi cuarto, con la cabeza gacha. La pantalla de mi ordenador seguía muda, a costa de pureza, maquillada por la blancura de Microsoft Word. Me la quedé mirando fijamente y, como no decía nada, escribí:

- Cómo quieres que te ame si nunca me das nada a cambio.

Una transparencia (esa que sopla las ideas), me respondió directamente al pensamiento.

-Sólo sueno si me tatúas letras.

Yo continué con mis reproches.

-Siempre te acicalas a mi costa. En cambio, tú que me das?

-La contemplación de mi propia belleza. - respondió la pantalla.

-Eres una narcisista.

-Y tú una marrana. Siempre me embadurnas de basura barroca ultramoderna.

-No soy una marrana.

-Sí eres una marrana. Nadie te publicará jamás.

Hubo un cortocircuito rencoroso. Se borraron las frases y la blancura del ordenador. Dos segundos después, se abrió maleducadamente la puerta del cuarto: apareció Zaza, con el natural desarreglo casero (gafas, cabellos enredados, pies descalzos con las plantas negras roñosas) y con una cámara de fotos en la mano. Yo, por mi parte, adiviné los prejuicios del objetivo y me vi desde la omnisciencia: fea y despeinada, en bragas y una camiseta de algodón pintada con rotuladores de un ex Todo a cien. Zaza, desde sus catorce años, dijo:

-Déjame probar la primera foto del carrete.

La cámara me apuntaba como un revólver. Me quería matar. Quería estancarme para siempre en un cuadrado. (Enloquecí un poco). No quería que me aprisionara, y menos con esa pinta de chacha triste con dejes de artista o autista y moño de Antonia. Le arrebaté la cámara de las manos y la tiré por la ventana del cuarto. Zaza se quedó quieta, pensativa, traicionada. Después de unos segundos de asfixiante silencio, exclamó:

-¡Me has perdido como hermana!

Me resigné a su portazo y me tiré en la cama, que se erigía en un rincón del cuarto como un altar de fracaso. Busqué a Murphy de Beckett y lo abrí con lascivia y desesperación.

Al cabo de dos horas sonó el interfono y Amour subía caballunamente las escaleras que conducen a mi ático sin ascensor. En cuanto lo vi asomar por el marco de la puerta, pensé: "¡liberación!" Sus ojos gatunos tenían en mí el efecto de un trineo adornado de cascabeles, me subían el nivel de feniletilamina y me deslizaban por un tobogán de plumas de ángeles lavadas con detergente de ultra blancura. Así de hiperbólico y ñoño y cursi era mi amor. Pero, puesto que los obstáculos son la principal especia del sentimiento humano, ocurrió lo peor: cuando Amour y yo nos disponíamos a fugarnos y él ya tenía mi mano cogida como a una cometa iridiscente, sucedió algo. El símbolo de mi pseudoindependencia brilló por su ausencia:

¡No encontraba las llaves!

¡Mi Can Cerbero de tres cabezas (Portal- Buzón - Ático) había desaparecido! Puse unos ojos como platos y toda yo me convertí en vajilla. Con dicha fragilidad de cerámica, me aproximé a mi padre, que yacía apaciblemente en el sofá del comedor, frente al televisor, y con los pies sobre un cojín escandaloso (esto es, verde fluorescente, a juego con nada). Veía con cara de póker un programa de preguntas y respuestas en el que una mujer interrogaba a víctimas ludópatas sobre famosos, películas, premios nobeles e ingredientes del gazpacho. Pasé furtivamente por el lado del saco progenitor de gritos y gruñidos, fingiendo que no pasaba nada. Pero me caló enseguida.

-Qué buscas.

Amour puso cara de circunstancias y se sentó junto a él, en el sofá negro pseudopodizante. Respondí, con voz de dibujo animado:

-No busco nada.

Mi padre continuó sugestionado por el sonido de Casino y las imágenes sensuales de las ruletas, labios y senos del televisor.

- ¿Quién es Lope de Vega?

-Será un jugador de tenis.

Ladeé la cabeza de un lado al otro, con pose de aspersor que está en el corner del césped. Hablé escupiendo, sin querer, también como un aspersor:

-Es un escritor, papá.

-Y yo qué cojones sé de estas tontadas.

Las llaves no aparecían por ningún lugar. Amour buscaba disimuladamente entre los módulos del sofá, sin resultado. Al cabo de cinco minutos me santigüé ateamente y me dispuse a formular la pregunta suicida:

-Papá, ¿has visto mis llaves?

Mi padre abrió unos ojos de búho y los apartó del televisor.

-¿Me estás insinuando que las has perdido?

No respondí.

-¿Mi niña me está diciendo que ha vuelto a perder las llaves?
Intenté ponerme razonable y hablé como un abogado pragmático.

-No te preocupes, puedo hacerme una copia.

-No puedes. No tienes dinero ni pienso dártelo. Si te vas y llamas al interfono, no te abriré la puerta. De manera que te quedarás encerrada para siempre.

Amour seguramente pensó que esta afirmación podía perjudicar a sus relaciones sexuales. Por eso intervino:

-Tranquilícese. Yo mismo puedo dejarle el dinero para que se haga la copia de las llaves.

Mi padre se puso imposible.

-No.

Amour bajó la cabeza y se marchó con una rapidez grotesca. ¿Regresaría algún día? ¿Volveríamos a encargar croissantes gigantes de chocolate? ¿Bailaríamos de nuevo sobre la punta de las rocas de la Mar Bella? ¿Ronronearíamos juntos otra vez, en los trancos de las mansiones antiguas? La respuesta la tenía mi padre: "NO". Y mi mente, desde entonces, empezó a nonear de manera enfermiza.

Así empezó mi enclaustramiento, mis tremendas horas de caracolismo. Como a esa Nashtenka de Dostoievski, mi padre, tan terrible como una abuela ciega, me prendía a sí mismo con un imperdible metafórico. Abandoné la Universidad de este modo estúpido, por una simple estampía de llaves, y ningún ser de este mundo tenía la autorización paterna para rescatarme. Ni siquiera Zaza, que había quedado muda desde el episodio de la cámara fotográfica, y sólo me hablaba a través de gestos obscenos (levantando el dedo medio de las manos): síntomas de una prototípica psicopatía familiar adolescente. Luego bajaba los ojos, murmuraba algo inaudible, y se llevaba la mano a los bolsillos de su pantalón rapper. Yo intuía vagamente que Zaza tramaba algo, semejante a un asesinato en serie, pero no me preocupaba. Estaba demasiado obsesionada con mi libertad.

Durante mi primera NOCHE NO BLANCA estuve pensando en cómo salir de semejante infierno. El ático era demasiado alto como para saltar al vacío. Quise colarme en la terraza de al lado y rogar al vecino que me liberase, pero no estaba lo suficientemente cerca y la certeza de una caída al vacío me paró los pies. Esperé a que mi padre se fuera a dormir, y en cuanto escuché sus correctos y selváticos ronquidos, me acerqué furtivamente al teléfono fijo, que reposaba en la pared del comedor como una lepisma gigantesca. Marqué el número archiconocido y me respondió una voz relajada y familiar, que parecía tambalearse en el trampolín que va del sueño a la vigilia.

-No estás sola. -dijo. - Tienes a Ophiel escondido en una estantería.

Colgué el teléfono y me dirigí a mi cuarto, pero para mi sorpresa mi padre estaba despierto, plantado ante mí como un semáforo en rojo, y ahora me miraba buhísticamente, impidiéndome la entrada.

-Por qué mierda llamas por teléfono.

Fingí naturalidad.

-No he llamado.

Entré en mi habitación, sin esperar a que el monstruo respondiese, y trabé la puerta con una silla. Escuché un golpe, que decía onomatopéycamente: "se ha roto la conexión telefónica". Mi padre profirió, a continuación, un par de gritos desatinados, pero pronto se oyó un bostezo largo y convincente, que lo condujo hipnóticamente a su cama de matrimonio mutilado. Sana y salva, respiré tan hondo como cuando se masca menta, y lancé mi cuerpo-proyectil al blando colchón de la cama. Antes de dormir, sin embargo, recordé lo que mamá me había dicho sobre Ophiel y en adelante revisé uno a uno todos los libros de la estantería. Me empeciné tanto en mi búsqueda que mi estómago se hizo cada vez más pequeño y mi corazón, mi cabeza y mis pulmones crecían cada día un nanómetro. Todo lo demás era un decorado borroso.



Sólo una noche, después de haber leído la última palabra de El Criticón, di por satisfecha mi búsqueda. Una brisa luminosa se infiltró a través de la ventana del cuarto, y luego apareció una figura diminuta, algo así como un duendecillo viejo, cuya piel era rugosa y verde como la corteza de los Platanus hibrida. Llevaba un sombrero de copa, unos pantalones a rayas y un chaleco negro con un clavel en la solapa. Por si fuera poco, también abrazaba a un enorme hipopótamo de peluche, que me guiñó un ojo en cuanto le vi. Ophiel saludó con la mirada, dio un paso al frente, y, con la solemnidad de un bufón divino, dijo:

-El pájaro que puede abrir la puerta de su propia jaula no tiene por qué quedarse dentro de ella. Morirá de hambre, pero volará durante unas horas. ¿No te parece evidente, niña tonta?

Corrí hasta la puerta de la calle, y la abrí, tan sólo girando la manecilla. Me encontraba sin llaves, ni dinero, ni posibilidad de regreso. Pero, ¡libre! ¿Cómo no lo había hecho antes? Mi estómago había desaparecido y mi corazón, mi cabeza y mis pulmones, eran muy pero que muy grandes. Y Ophiel, mi amigo invisible de la infancia, había regresado.



***


Recuerdo aquella vez en la que me encontraste por las Ramblas y me viste con un sombrero de copa en la cabeza y abrazada a un hipopótamo enorme de peluche. Te acercaste a mí con cara de verbena de San Juan, como si tus ojos fuesen un recipiente biodegradable. Me dijiste:

-¿Cómo se llama usted?

Y yo saqué un lápiz de ojos del bolsillo y te escribí mi nombre en la frente. Desesperaste un poco, porque yo no mediaba una palabra y sólo tenía una sonrisa internacional en los labios. Corriste hacia el Chrevrolet Corvette que paraba momentáneamente ante el semáforo por una de esas millonésimas posibilidades de la estadística, y te miraste en un espejo retrovisor del coche magnífico. El conductor te vomitó una bronca de cuidado por tocar su ballenato metálico, pero tú regateaste el sermón con una elegante mueca sarcástica. Luego regresaste hacia mí, jadeando, con cara de enamorado tonto. Gritaste:

- ¡Airam!

Me cogiste el lápiz de ojos del bolsillo, sin pedirme permiso, y me dibujaste el símbolo del infinito en la mejilla. Acto seguido, miraste tu reloj de agujas, y entonces me dijiste, riendo:

-Los señores cabezotas deberían afeitarse el bigote de vez en cuando.

¿Te referías al reloj? Pensé que podía ser un buen diálogo para mi novela, y me apunté mentalmente tu frase. Continuaste un rato ante mí, joven e irresistible, con las pupilas dilatadas. Me preguntaste:

-¿Por qué llevas un sombrero de copa?

-Para cerciorarme de que mi cabeza sostiene algo. - respondí. Por la maleza neuronal, me rondaba un poema de Anton Pann.

-Y… ¿Por qué estás abrazada a un gigantesco hipopótamo de peluche?

Di un saltito en el aire, como si me alegrara en demasía aquella pregunta, y entonces pronuncié aquella respuesta tantas veces ensayada:

-Para romper el decoro.

Pero esa frase triunfal no fue suficiente. Después continuaste mirándome más de lo previsto, hasta que me sentí cansada, desgastada e incómoda. Ibas a decirme algo, pero me abrumó tu boca entreabierta y me marché corriendo. Me estuviste persiguiendo un buen rato, hasta la parada metropolitana de Plaza Cataluña. Por el camino se me cayó el sombrero de copa, aunque apenas me había dado cuenta. Cuando estaba a punto de coger el tren, apareciste tú, con mi preciado sombrero negro y un chantaje irresistible en la manga. Señalaste tu propia cabeza y entonces dijiste:

-¿De dónde has salido?

Me callé y, para disimular mi desconcierto, viré radicalmente de tema. De súbito - no sé si lo notaste -, cambié mi rumbo empedernido, aflojé la cuerda de mi independencia, me invitaste a un helado, te hablé de mis estudios, contamos chistes y adoquines, pisamos la catedral, caminamos y caminamos, dimos de comer a un sinfín de palomas venenosas y, hacia medianoche, dejé que me cogieses por la cintura. Luego desaparecí, hacia ese lugar donde van a parar las llaves perdidas. La mujer pájaro jamás tendría estómago ni jaula. Nunca más.
[Nota: Este cuento fue publicado en la antología Sobras completas editada en Barcelona por el Aula de Escritores en Mayo de 2006.]

miércoles, 23 de mayo de 2007

Odas chúrrico-telúricas a la mujer kitsch



[Nota inicial: El churro es un juguete literario, atroz y completamente amoral, prominentemente sexual, un monólogo interior de corte irreverente, inspirado en los manifiestos dadaístas de Tristán Tzara, el psicoanálisis de Freud y los libros de autoayuda. Con humor y libertad...Hace años me habrían enchironado por esto.]

Para una Betibú alucinógena, de veinte centímetros,
el souvenir perfecto de la orgía con gafas de Lolita,
medias de rejilla, guantes de Rita Hayworth, tanga de leopardo,
tacones de aguja y libros lascivos abiertos de par en par
-como ventanas- y violados por un viento borracho.
A ti, que me conociste defecando en un retrete intelectual,
bohemiando con los pantalones bajados.
A ti, del gremio de las prostitutas del arte,
devorada lésbicamente por las musas en tu más tierna edad.



acotación inicial

(Estos churros telúricos no pueden ser recitados por un rapsoda sin peluca o sombrero esperpéntico. Se requeriría el rugido permanente de un vibrador en la mano derecha -momentánea antorcha de una estatua de la libertad depravada por el arte y por el sexo-. Asimismo, es obligatorio superponer la ropa interior y hacerla visible. Bragas desafiantes sobre los pantalones con una S de "superheroína", subrayadores de los ovarios tiránicos de la mujer kitsch. Por otra parte, si el público pudiera comer churros mientras lee o escucha, Dios descendería feliz a la tierra y nos encularía a todos con sus rayos solares.)



DIOS ES TRAVESTI EN PRIMAVERA

Dios es travesti en primavera:


recubre a los árboles florales con las pelucas afro de Rocky Horror Picture Show, nadie puede resistirse e ipsofácticamente los lunáticos se introducen un lirio fragante por el culo: me recuerdan a ti, Betibú, mujer de cabellera impecable y labios rojos como el ano de Ginsberg después de ser empalado por una Venus fatal de tranca enhiesta y vello púbico untado en miel, mujer que sólo amas a los hombres que gruñen por ti en las aceras, a los músicos chalados que se pintan bigotes azules, consumen birra a cien kilómetros por hora y reconocen- sibaritas- un hedonismo de cuero negro y zapatillas de peluche, vulnerables a tu coquetería fetichista.

Dios es travesti en primavera:

defeca en nuestras bocas frases de nenaza entortolada; nos produce campanas diarreicas y ninfomanías científicamente inexplicables. De súbito, nos engulle el pseudopodio del catre, follamos compulsivamente con soñatortillas calientacoños bemoles de orgasmos pentagrámicos, y entonces estrangulamos nuestras gargantas de cisne modernista con collares de perra -con o sin tachuelas-, jadeamos como putas inseguras de todo excepto de los puntos G de la anatomía membranácea y acudimos - quizá sí, quizá no- a un Centro de Planificación Familiar donde una cuarentona coitóloga nos receta una patada hormonal, mientras evoca inconscientemente las obsesiones congénitas y congenitales de Catulo, Safo, Sade y Diane Di Prima.

Dios es travesti en primavera:

los kamikazes órficos coreamos el estribillo del follituri, cada rama de árbol es como una polla, cada madriguera de ardilla es un coño cósmico; así nos sorprenden las farolas, los dedos, toda criatura erecta; nos regocijamos acuáticamente en una hormona submarina y amniótica,recitamos versos e introducimos la caricia intravenosa, recogemos el hachís de la mirada, nos emporramos de rimas inexistentes, embadurnamos nuestros labios de letras lubricadas y jadeamos al son de un afrocubano sóngoro cosongo, enfermas de amor, bembas ante la mirada atónica de Dios (que es, por cierto, negro y toca el saxo), ansiosas por la embestida lasciva de las nubes, los ríos, las piedras y los charcos, divas de una libertad iconoclasta. Las reinas del mambo son discípulas...del churro.

Y: Dios es travesti en primavera:

la corteza de la tierra se recubre de nata y fruta dulce, podemos lamer todas las superficies pélvicas que se revelan en ángulo recto; es necesario ser cómplice de la ebriedad insomne del mar que estimula todos los sexos de sus intrépidos nadadores; cada neologismo es un tentador helado de chocolate, vainilla y tiramisú, un elegante postre de champagne y trufa, envuelto en puro -repito- chocolate blanco, adornado con perlas plateadas. Seríamos imbéciles si no supiéramos organizar a tiempo una anárquica orgía untada de colores venecianos, si no mariposeáramos lingüísticamente hasta dejar extasiada a la sintaxis, resentida por barroquismo e innovación, flexible tras todas las combinaciones posibles del Kama Sutra.

martes, 22 de mayo de 2007

La última vez


Mírala. Acaba de entrar otra mujer en el Forgotten Pub, esta vez nos costará mucho más darle aquello que busca. Hacía tiempo que no veía tanto sufrimiento en alguien tan joven. Tiene los ojos brillantes y se dirige hacia nosotros sin saber qué pedirnos. La culpa es nuestra, mi querido buhonero. No sé si hicimos bien al aliarnos con la muerte.

Y ella se arrastra por sus sueños, y tira sal por los ojos: tal angustia es la que la inflama. Su dolor yace en ese hueco que existe entre las rodillas y el pecho. Se encoge, como un fuelle tranquilo, pero extasiado. Dónde, por qué se caen los segundos como vasos rotos, y ella recoge los pedazos; se corta los dedos, le sangran los deseos: y así la cubre una máscara durante el día y una sábana durante la noche.


Quizá piense que ya no hallará ningún aliento que la haga vibrar; y se contraen los labios, y se encoge de hombros, con la cara húmeda como un charco que refleja galaxias; pero sólo nosotros la vemos, junto a sus diablos, junto a miles de sombras que la espían en corro mientras planean comérsela; y sabe que va a morir, ojalá fuera cierto: pero los días vuelan, y se siente vieja y tardía ¿Llegará tarde, siempre tarde? Por qué todas las paradas están al otro lado del espejo, por qué desde los columpios del parque sólo puede apreciar sus pies descalzos del pasado y esas huellas en medio de la selva…


Los libros, la evasión de antaño, pesan demasiado: algo se sabe dinamita; su taquicárdico corazón le habla pero tan quedamente que todos los oídos del mundo hablan por sí mismos para pensar que oyen su murmullo; aunque su tic- tac es mudo, sólo tiene un punto de luz en el centro del ojo, el recuerdo de un antiguo amor frustrado, una luciérnaga de nostalgia como una bofetada de luz, y hay túneles, muchos túneles infectados de escritos a medio hacer, de murales indígenas sin colores ocres; y sólo nosotros podemos salvarla (debemos prestarle este pañuelo con sus iniciales bordadas). Su alma está apenada y la realidad la droga cada mañana para que no recuerde que tiene un vacío tan grande como el hueco de la Atlántida en el oceáno.

Sí, los días se aceleran tanto desde entonces que… busca un solo rincón del planeta en el que no se agolpen las horas; y por la noche mira al techo e intenta visualizar un agujero negro en el que arrojar los minutos que no pueden reciclarse en ninguno de los basureros de la tierra. Pero …¿Será tan difícil coger un tren hacia ese lugar donde habita el olvido?


Entonces se abre aquella pequeña puerta, nuestra puerta, y aquí la tenemos, frente a nosotros. No hace falta que hables, le digo, sé perfectamente lo que estás buscando. Él te está esperando en la barra, tiene muchas cosas que explicarte. Dice que la vida no es lo que parece, y que sí que hay caminos para hablar con los muertos. Es sobrecogedor, mi querido buhonero. Se están besando y ahora suena ese tema que solían bailar juntos. Pero, no sé, a él no se lo podrá llevar. Y querrán quedarse en el Forgotten Pub mucho tiempo. Aunque os aconsejo que vayáis al fondo del pasillo y disfrutéis de las delicias del Séptimo Infierno, donde Alice Vannoy os proporcionará una suite de lujo y pasaréis una noche inolvidable.


Ay, mi viejo buhonero, hoy estoy más melancólica que de costumbre. Existen sin duda las almas gemelas. No, no era un cuento de hadas. Sírveme un Martini ahora que estamos a solas.
(Cuadro: Mujer ante el espejo, Pablo Picasso)

lunes, 21 de mayo de 2007

Y sin embargo, se mueve...


A X Font
y a Galileo Galilei

Canto a tu porvenir con ojos rasgados.
Canto a la vida donde quiera que empieza.
Él vendrá, por encima y por debajo de la tierra,
con el torso desnudo cargado de soles,
llenará el océano de nuevos nombres,
escribirá palabras procedentes de otros mundos
y, cuando lo de abajo sea arriba,
volará más alto que el sueño de la muerte,
habrá adivinado
cómo combatir el hechizo de la gravedad,
cómo deshacer el maleficio de las urbes
y cómo convertir mercurio en oro.
Será el mago del mundo, poco despistado
y coherente con el viento.
Árboles y piedras hablarán su mismo idioma.
Amará la vida y todo lo que fluye en ella,
será agraciado en amores y más en el juego
(se casarán los opuestos en su risa eterna).
¿Qué puedo decir, si la noche está trucada
y la magia hierve bajo farolas y tejados?
¿Qué puedo cantar si la música ya suena
y a su ritmo late este universo que se mueve?
Brindemos por tu nueva luz.
Un nuevo baile empieza ahora mismo
y gira alrededor del Sol,
después de tantos siglos ptolemaicos.

domingo, 20 de mayo de 2007

Malabarismos con mariposas



El cuerpo está cambiando a una velocidad vertiginosa. Las caderas se ensanchan, los senos se han vuelto más carnosos y el vientre es una esfera cada vez más perfecta. También por dentro hay una fiesta sin medida. Esta segunda pubertad se vive con rubor e incertidumbre. Quisiera que fuera secreto pero ni siquiera los secretos son iguales. Los secretos son secretos porque son imposibles de expresar. Hasta mi rostro está cambiando y no reconozco a esa mujer que posa desnuda en las fotos, más fuerte y vulnerable que nunca, envuelta de una serenidad salvaje. No sé quién soy pero tengo que dejarme llevar. He de fluir sin pensar qué está pasando. El dinamismo es desbordante y preguntarme dónde estoy ahora mismo sería apagar la música y matar el misterio.

El embarazo es una especie de Satori en el que te sientes como el Job bíblico. El milagro de la creación está manifestándose en tu propio útero a pequeña escala. Hasta qué punto puedes sacrificar todo aquello que has sido hasta ahora. Sólo importa todo el amor que te cabe en los bolsillos. Todo lo demás es superfluo.Lo que antes era importante deja de serlo, y la vida se convierte en la búsqueda a ultranza de la armonía química. La realidad es ahora un océano de olores, los perfiles se desdibujan y los matices importan poco, porque lo esencial es la música térmica, el incendium amoris.
Intento mantener el equilibrio en un mundo que -esta vez sí- cambia de nombre cada cinco minutos. La única manera de vivir es bailando. Es la única soportable. No puede comprenderse el lenguaje de las oficinas y de los cajeros automáticos. Hasta la mujer más atea percibe que una presencia telúrica y ancestral quiere comunicarse con ella. De ese magnetismo animal aprende las canciones sin lenguaje que empieza a tararear mientras se acaricia el vientre. Esas Venus prehistóricas de formas abrumadoramente redondeadas cobran sentido. La sensualidad es más compleja, porque el deseo se ha materializado y los escarceos del amor hablan un lenguaje más profundo, como los surcos de arado en la tierra fértil, calan hasta lo hondo y disuelven al individuo en una neblina irreal. El sexo es voluptuoso como el fruto de un árbol y todo -la luz, la noche, los astros- grita que sí en silencio.
Y, mientras tanto, alguien me habla por dentro. Ahora sí, literalmente, hablar con Madame H es hacer malabarismos con mariposas.

sábado, 19 de mayo de 2007

Lacrimoterapia (de Alice Vannoy y la Nena Rara)







Los tajos profundos generan cicatriz. Hay cicatrices anónimas en la yugular, mapas en el cuerpo firmados por Warhol y sellos de belleza humana en el costado de Marilyn. En este día de cicatrices evidentes, recuerdo la tarde en que Alice y yo escribimos a dos manos el siguiente microrrelato:
LACRIMOTERAPIA
Nadie puede imaginar lo que consuela llorar en cualquier hombro. Yo los busco, a todas horas, desde que leí en San Agustín que cuando uno está triste hay tres remedios para recobrar el color de las mejillas. Esto es, darse un baño, pasear para cansar las piernas más que al intelecto y llorar hasta deshacer el hielo del alma.

Lo único malo de esta teoría, es que "cualquier hombro", no es "cualquier hombro". Los hay que te cobran un precio desproporcionado por el alquiler. Una vez acudí a un anuncio de una mujer que alquilaba su rollizo regazo materno por seis euros la hora.

Finalmente, he decidido que puedo sacar un partido considerable de mis hombros derecho e izquierdo. El izquierdo, regido por el hemisferio de las emociones, es idóneo para los llantos de mal de amores, pérdidas de seres queridos y soledad. El derecho, por el contrario, es ideal para aquellos intrépidos empresarios que han caído en una rotunda bancarrota.

Mis pechos, sin embargo, son territorio privadísimo y reservado para la persona que consiga que ya no llore más.

Soy una humilde currante de hombros alquilados con un busto latente en espera de la no necesidad de consuelo.



[He alquilado mi propio hombro y ahora el contorsionismo es inminente. Seguiremos ultrajando a la naturalidad. Seguiremos pisando los charcos del bosque.
Donde quiera que estés, Vannoy.]