jueves, 24 de mayo de 2007

La mujer pájaro



A mi padre, mucho más humano que el de Kafka,
estoico sufridor de hijas rebeldes comemundos.

Hay un vuelo anterior a las jaulas, vuelo inocente como el desnudo paradisíaco, que en nada las jaulas perjudican, coartan ni limitan; hay un vuelo coetáneo de las jaulas, un vuelo enjaulado, digámoslo así, pero libre, no obstante, para volar dentro de su jaula, hacia los cuatro puntos cardinales.

Que este vuelo ha perdido su inocencia, nadie puede negarlo. Pero ha ganado, en cambio, la noble aspiración a volar fuera de su jaula. ¿Que para el logro de esta aspiración la jaula es un obstáculo? Sin duda. Pero es también conditio sine qua non para el caso de que esta aspiración se cumpla. Porque ¿cómo volará un pájaro fuera de su jaula, si esta jaula no existe?

ANTONIO MACHADO, Juan de Mairena

 


Oí un berrido de considerable potencia decibélica y dejé todo lo que tenía entre manos: un teclado antipático, que se negaba a tatuar el cuento deseado, una silla tapizada color marrón avellana, la pantalla blanca y desdeñosa del Daewo (mi robótica musa gongorina) y medio vaso de horchata, simpático y comprensivo. Como digo, lo dejé todo por aquel chillido de la jungla familiar y llegué corriendo hasta el imán de gritos, con la adrenalina pujante como el mercurio en verano. Entonces lo vi: irremediablemente quemado, de pie, con su cuerpo en calzoncillos y sudor, arrugado y quisquilloso. Mi padre estaba en el interior del cuarto de baño y en cuanto aprecié su aspecto rabioso y chispeante, lo relacioné con la reencarnación del viejo estornudabroncas de Kafka. Me aplastó con sus pupilas de pata de elefante y dijo:

- ¡Mira!

Estuve treinta largos segundos mirando el no sé qué que él quería que viese. El aire se hacía espeso a mi alrededor, irrespirable, contaminado por las fosas nasales bilioso-coléricas de mi padre. Las venillas de su retina se multiplicaban por cinco, se ramificaban como filas de hormigas rojas, y yo presentía que de un momento a otro sus ojos morderían. Predominaba ese silencio de electrodoméstico susurrante, la guillotina amenazadora del grito. Me encogí como un caracol tembloroso y achanté la espalda lo suficiente para que ésta pareciese el lomo de un animal herbívoro. Él insistió, doblando la intensidad del volumen:

-¡¡Mira!!

Miré: lavabo rosado, depresión sobre mármol blanco, pastillas de jabón redondeadas con olor a fresa, peine de dos púas rotas sobre el tocador, botes de colonia en los estantes (Faralah, Royal Ambree, Maximo Dutti, Nenuco rellenado de agua) gel Sanex, gomina, matacallos, pomada, pasta de dientes, leche solar Sun Milk 12 resistente al agua, cepillos de dientes (azul claro, eléctrico, marino, cianesco) con cerdas abiertas… bla, bla, bla…váter (olor perruno excrementício), rollos de papel de váter, escobilla de váter, un, dos, tres bombillas fundidas... Ah, y entonces me di cuenta:

EL CHAMPÚ ESTÁ DECAPITADO


Me encogí como un molusco cazador y puse cara de pena o de menor de edad. Pero ya era tarde, y el infierno florecía en las facciones del mundo:

- ¡¡¡Por qué coño nunca cierras el tapón del champú!!!

Cogí al champú con las dos manos y le enrosqué el tapón, temblando. Poner el chupete a un recién nacido berreante. Mi padre lo veía así, como una estúpida regla de tres: panteísmo materialista es igual a cada cacharro debe estar en su sitio, limpio y nutrido por el buen uso, pero mi hija despistada es una asesina de los objetos, luego…

-¡¡No eres una mujer hecha y derecha!! ¡¡Marrana, so marrana!!
Tragué saliva y regresé a mi cuarto, con la cabeza gacha. La pantalla de mi ordenador seguía muda, a costa de pureza, maquillada por la blancura de Microsoft Word. Me la quedé mirando fijamente y, como no decía nada, escribí:

- Cómo quieres que te ame si nunca me das nada a cambio.

Una transparencia (esa que sopla las ideas), me respondió directamente al pensamiento.

-Sólo sueno si me tatúas letras.

Yo continué con mis reproches.

-Siempre te acicalas a mi costa. En cambio, tú que me das?

-La contemplación de mi propia belleza. - respondió la pantalla.

-Eres una narcisista.

-Y tú una marrana. Siempre me embadurnas de basura barroca ultramoderna.

-No soy una marrana.

-Sí eres una marrana. Nadie te publicará jamás.

Hubo un cortocircuito rencoroso. Se borraron las frases y la blancura del ordenador. Dos segundos después, se abrió maleducadamente la puerta del cuarto: apareció Zaza, con el natural desarreglo casero (gafas, cabellos enredados, pies descalzos con las plantas negras roñosas) y con una cámara de fotos en la mano. Yo, por mi parte, adiviné los prejuicios del objetivo y me vi desde la omnisciencia: fea y despeinada, en bragas y una camiseta de algodón pintada con rotuladores de un ex Todo a cien. Zaza, desde sus catorce años, dijo:

-Déjame probar la primera foto del carrete.

La cámara me apuntaba como un revólver. Me quería matar. Quería estancarme para siempre en un cuadrado. (Enloquecí un poco). No quería que me aprisionara, y menos con esa pinta de chacha triste con dejes de artista o autista y moño de Antonia. Le arrebaté la cámara de las manos y la tiré por la ventana del cuarto. Zaza se quedó quieta, pensativa, traicionada. Después de unos segundos de asfixiante silencio, exclamó:

-¡Me has perdido como hermana!

Me resigné a su portazo y me tiré en la cama, que se erigía en un rincón del cuarto como un altar de fracaso. Busqué a Murphy de Beckett y lo abrí con lascivia y desesperación.

Al cabo de dos horas sonó el interfono y Amour subía caballunamente las escaleras que conducen a mi ático sin ascensor. En cuanto lo vi asomar por el marco de la puerta, pensé: "¡liberación!" Sus ojos gatunos tenían en mí el efecto de un trineo adornado de cascabeles, me subían el nivel de feniletilamina y me deslizaban por un tobogán de plumas de ángeles lavadas con detergente de ultra blancura. Así de hiperbólico y ñoño y cursi era mi amor. Pero, puesto que los obstáculos son la principal especia del sentimiento humano, ocurrió lo peor: cuando Amour y yo nos disponíamos a fugarnos y él ya tenía mi mano cogida como a una cometa iridiscente, sucedió algo. El símbolo de mi pseudoindependencia brilló por su ausencia:

¡No encontraba las llaves!

¡Mi Can Cerbero de tres cabezas (Portal- Buzón - Ático) había desaparecido! Puse unos ojos como platos y toda yo me convertí en vajilla. Con dicha fragilidad de cerámica, me aproximé a mi padre, que yacía apaciblemente en el sofá del comedor, frente al televisor, y con los pies sobre un cojín escandaloso (esto es, verde fluorescente, a juego con nada). Veía con cara de póker un programa de preguntas y respuestas en el que una mujer interrogaba a víctimas ludópatas sobre famosos, películas, premios nobeles e ingredientes del gazpacho. Pasé furtivamente por el lado del saco progenitor de gritos y gruñidos, fingiendo que no pasaba nada. Pero me caló enseguida.

-Qué buscas.

Amour puso cara de circunstancias y se sentó junto a él, en el sofá negro pseudopodizante. Respondí, con voz de dibujo animado:

-No busco nada.

Mi padre continuó sugestionado por el sonido de Casino y las imágenes sensuales de las ruletas, labios y senos del televisor.

- ¿Quién es Lope de Vega?

-Será un jugador de tenis.

Ladeé la cabeza de un lado al otro, con pose de aspersor que está en el corner del césped. Hablé escupiendo, sin querer, también como un aspersor:

-Es un escritor, papá.

-Y yo qué cojones sé de estas tontadas.

Las llaves no aparecían por ningún lugar. Amour buscaba disimuladamente entre los módulos del sofá, sin resultado. Al cabo de cinco minutos me santigüé ateamente y me dispuse a formular la pregunta suicida:

-Papá, ¿has visto mis llaves?

Mi padre abrió unos ojos de búho y los apartó del televisor.

-¿Me estás insinuando que las has perdido?

No respondí.

-¿Mi niña me está diciendo que ha vuelto a perder las llaves?
Intenté ponerme razonable y hablé como un abogado pragmático.

-No te preocupes, puedo hacerme una copia.

-No puedes. No tienes dinero ni pienso dártelo. Si te vas y llamas al interfono, no te abriré la puerta. De manera que te quedarás encerrada para siempre.

Amour seguramente pensó que esta afirmación podía perjudicar a sus relaciones sexuales. Por eso intervino:

-Tranquilícese. Yo mismo puedo dejarle el dinero para que se haga la copia de las llaves.

Mi padre se puso imposible.

-No.

Amour bajó la cabeza y se marchó con una rapidez grotesca. ¿Regresaría algún día? ¿Volveríamos a encargar croissantes gigantes de chocolate? ¿Bailaríamos de nuevo sobre la punta de las rocas de la Mar Bella? ¿Ronronearíamos juntos otra vez, en los trancos de las mansiones antiguas? La respuesta la tenía mi padre: "NO". Y mi mente, desde entonces, empezó a nonear de manera enfermiza.

Así empezó mi enclaustramiento, mis tremendas horas de caracolismo. Como a esa Nashtenka de Dostoievski, mi padre, tan terrible como una abuela ciega, me prendía a sí mismo con un imperdible metafórico. Abandoné la Universidad de este modo estúpido, por una simple estampía de llaves, y ningún ser de este mundo tenía la autorización paterna para rescatarme. Ni siquiera Zaza, que había quedado muda desde el episodio de la cámara fotográfica, y sólo me hablaba a través de gestos obscenos (levantando el dedo medio de las manos): síntomas de una prototípica psicopatía familiar adolescente. Luego bajaba los ojos, murmuraba algo inaudible, y se llevaba la mano a los bolsillos de su pantalón rapper. Yo intuía vagamente que Zaza tramaba algo, semejante a un asesinato en serie, pero no me preocupaba. Estaba demasiado obsesionada con mi libertad.

Durante mi primera NOCHE NO BLANCA estuve pensando en cómo salir de semejante infierno. El ático era demasiado alto como para saltar al vacío. Quise colarme en la terraza de al lado y rogar al vecino que me liberase, pero no estaba lo suficientemente cerca y la certeza de una caída al vacío me paró los pies. Esperé a que mi padre se fuera a dormir, y en cuanto escuché sus correctos y selváticos ronquidos, me acerqué furtivamente al teléfono fijo, que reposaba en la pared del comedor como una lepisma gigantesca. Marqué el número archiconocido y me respondió una voz relajada y familiar, que parecía tambalearse en el trampolín que va del sueño a la vigilia.

-No estás sola. -dijo. - Tienes a Ophiel escondido en una estantería.

Colgué el teléfono y me dirigí a mi cuarto, pero para mi sorpresa mi padre estaba despierto, plantado ante mí como un semáforo en rojo, y ahora me miraba buhísticamente, impidiéndome la entrada.

-Por qué mierda llamas por teléfono.

Fingí naturalidad.

-No he llamado.

Entré en mi habitación, sin esperar a que el monstruo respondiese, y trabé la puerta con una silla. Escuché un golpe, que decía onomatopéycamente: "se ha roto la conexión telefónica". Mi padre profirió, a continuación, un par de gritos desatinados, pero pronto se oyó un bostezo largo y convincente, que lo condujo hipnóticamente a su cama de matrimonio mutilado. Sana y salva, respiré tan hondo como cuando se masca menta, y lancé mi cuerpo-proyectil al blando colchón de la cama. Antes de dormir, sin embargo, recordé lo que mamá me había dicho sobre Ophiel y en adelante revisé uno a uno todos los libros de la estantería. Me empeciné tanto en mi búsqueda que mi estómago se hizo cada vez más pequeño y mi corazón, mi cabeza y mis pulmones crecían cada día un nanómetro. Todo lo demás era un decorado borroso.



Sólo una noche, después de haber leído la última palabra de El Criticón, di por satisfecha mi búsqueda. Una brisa luminosa se infiltró a través de la ventana del cuarto, y luego apareció una figura diminuta, algo así como un duendecillo viejo, cuya piel era rugosa y verde como la corteza de los Platanus hibrida. Llevaba un sombrero de copa, unos pantalones a rayas y un chaleco negro con un clavel en la solapa. Por si fuera poco, también abrazaba a un enorme hipopótamo de peluche, que me guiñó un ojo en cuanto le vi. Ophiel saludó con la mirada, dio un paso al frente, y, con la solemnidad de un bufón divino, dijo:

-El pájaro que puede abrir la puerta de su propia jaula no tiene por qué quedarse dentro de ella. Morirá de hambre, pero volará durante unas horas. ¿No te parece evidente, niña tonta?

Corrí hasta la puerta de la calle, y la abrí, tan sólo girando la manecilla. Me encontraba sin llaves, ni dinero, ni posibilidad de regreso. Pero, ¡libre! ¿Cómo no lo había hecho antes? Mi estómago había desaparecido y mi corazón, mi cabeza y mis pulmones, eran muy pero que muy grandes. Y Ophiel, mi amigo invisible de la infancia, había regresado.



***


Recuerdo aquella vez en la que me encontraste por las Ramblas y me viste con un sombrero de copa en la cabeza y abrazada a un hipopótamo enorme de peluche. Te acercaste a mí con cara de verbena de San Juan, como si tus ojos fuesen un recipiente biodegradable. Me dijiste:

-¿Cómo se llama usted?

Y yo saqué un lápiz de ojos del bolsillo y te escribí mi nombre en la frente. Desesperaste un poco, porque yo no mediaba una palabra y sólo tenía una sonrisa internacional en los labios. Corriste hacia el Chrevrolet Corvette que paraba momentáneamente ante el semáforo por una de esas millonésimas posibilidades de la estadística, y te miraste en un espejo retrovisor del coche magnífico. El conductor te vomitó una bronca de cuidado por tocar su ballenato metálico, pero tú regateaste el sermón con una elegante mueca sarcástica. Luego regresaste hacia mí, jadeando, con cara de enamorado tonto. Gritaste:

- ¡Airam!

Me cogiste el lápiz de ojos del bolsillo, sin pedirme permiso, y me dibujaste el símbolo del infinito en la mejilla. Acto seguido, miraste tu reloj de agujas, y entonces me dijiste, riendo:

-Los señores cabezotas deberían afeitarse el bigote de vez en cuando.

¿Te referías al reloj? Pensé que podía ser un buen diálogo para mi novela, y me apunté mentalmente tu frase. Continuaste un rato ante mí, joven e irresistible, con las pupilas dilatadas. Me preguntaste:

-¿Por qué llevas un sombrero de copa?

-Para cerciorarme de que mi cabeza sostiene algo. - respondí. Por la maleza neuronal, me rondaba un poema de Anton Pann.

-Y… ¿Por qué estás abrazada a un gigantesco hipopótamo de peluche?

Di un saltito en el aire, como si me alegrara en demasía aquella pregunta, y entonces pronuncié aquella respuesta tantas veces ensayada:

-Para romper el decoro.

Pero esa frase triunfal no fue suficiente. Después continuaste mirándome más de lo previsto, hasta que me sentí cansada, desgastada e incómoda. Ibas a decirme algo, pero me abrumó tu boca entreabierta y me marché corriendo. Me estuviste persiguiendo un buen rato, hasta la parada metropolitana de Plaza Cataluña. Por el camino se me cayó el sombrero de copa, aunque apenas me había dado cuenta. Cuando estaba a punto de coger el tren, apareciste tú, con mi preciado sombrero negro y un chantaje irresistible en la manga. Señalaste tu propia cabeza y entonces dijiste:

-¿De dónde has salido?

Me callé y, para disimular mi desconcierto, viré radicalmente de tema. De súbito - no sé si lo notaste -, cambié mi rumbo empedernido, aflojé la cuerda de mi independencia, me invitaste a un helado, te hablé de mis estudios, contamos chistes y adoquines, pisamos la catedral, caminamos y caminamos, dimos de comer a un sinfín de palomas venenosas y, hacia medianoche, dejé que me cogieses por la cintura. Luego desaparecí, hacia ese lugar donde van a parar las llaves perdidas. La mujer pájaro jamás tendría estómago ni jaula. Nunca más.
[Nota: Este cuento fue publicado en la antología Sobras completas editada en Barcelona por el Aula de Escritores en Mayo de 2006.]

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