sábado, 23 de febrero de 2008

Soledad sábado noche

Soledad sábado noche. Sàgar se restriega los ojos.

- ¿Ya tienes sueño? ¡Y yo que pensaba que íbamos a jugar hasta las tantas!

A las diez de la noche ya está completamente dormido. Marçal se ha ido de fiesta. Que me dedique un bailoteo. Le he dicho que llegue muy muy tarde. Y si es listo lo hará. Es su primera farra de verdad desde que Sàgar nació. Ojalá llegue borracho. No, ojalá que no llegue hasta mañana al mediodía. Ea, eso es amor.

Y aquí estoy. Por fin. Sola en un sábado noche. Dicen que siempre hay un antes y un después de esto. No sé si deglutir esta soledad empezando a escribir una novela. O dando un sorbo de vino. Y fumando un único cigarro. En todo caso, es muy placentero paladear esta soledad a la luz de una vela, escuchando a Billie Holliday, con un angelito dormido en su cuna y un cigarrillo parpadeante al lado de la ventana. Te pones ropa interior de encaje por pura vanidad, te maquillas los ojos con espirales negras descedentes, colocas una peluca decimonónica sobre tu cabeza y... descubres que el vecino de enfrente te está espiando. En fin, mala suerte.

Qué contraste este silencio con la ciudad en la fiebre del sábado noche.

Así que la literatura, el más arcano de mis vicios, regresa con sus colmillos rezumantes. Al fin ese libro de Giordano Bruno sobre la mesa. De la magia. Leo un párrafo y doy un sorbo de vino y otra calada al cigarro.

Escribo:

- Una vez entras en esa espiral del dolor, olvidas lo terriblemente fácil que es vivir con una sonrisa estúpida colgando de la boca.

Escritura, soledad sábado noche.
Hay quien sería capaz de morir por esto. Oh, nada, ningún ruido. Ella cantándome. Las letras se me desparraman por encima.

Ahora imagino que estoy en el Forgotten Pub. Me he disfrazado de Madame H. Cuando estoy sola me doy cuenta de que en realidad estoy loca de remate.

Alice Vannoy entra por la puerta.

- ¿Qué haces sola en un sábado noche?

- En realidad te estaba esperando. Es realmente precioso, entonces, llevar esta peluca y fumar este pitillo.

- Suena la música que te gusta.

- Sí.

- Y estás con tu mejor amiga.

- Sí.

- Y te encanta estar sola en el comedor de tu casa porque en verdad puedes imaginarte lo que te dé la gana y nadie vendrá a estropearlo.

- Exacto.

Oh hermosa soledad sábado noche. Orgía de una imaginación desbordada.



6 comentarios:

innes dijo...

Es en esa soledad cuando realmente sentimos la compañía. De todos nos acordamos, a todos añoramos sin ambición, sin prisas, con paciencia. Sabiéndolos ahí, o es que nunca se fueron.
Te quiero, Madame H.

Mónica González Caldeiro dijo...

Esas orgías son muy propias de la maternidad visionaria... Me recuerdan a tantos sábados!

Maga Despistada dijo...

Innes, nos vemos en cualquier sábado noche en soledad. El Forgotten Pub abre esos días. También te quiero. Recuerdo nuestros gintonics y decadencias compartidas.

Mónica, no sé si visionaria o no. Yo quería jugar con Sàgar hasta que saliera el sol y se riló. En cambio, otras noches él quiere jugar hasta el amanecer y yo no sé comprenderle. Un besazo grande, madraza.

Mónica González Caldeiro dijo...

Me alegro de que Sàgar se te rile de vez en cuando... mi hija jugaría (y juega) hasta horas intempestivas. Es noctámbula, como yo. Y es agotador tener un retoño que se parece tanto a una misma.

Therfer dijo...

Se me hace difícil comprender tu soledad del otro sábado.
Era una soledad de rabillo del ojo. Sabías que no estabas sola, (¿Soledad buscada o anhelada? ¿Encontrada?) En el rabillo de tu ojo se hacinaban un niño precioso durmiendo, una pronta llegada (Dudo que Marçal aguantara hasta el Ángelus) y cientos de personajes literarios que esperaban, reservado el derecho de admisión, sólo para locos. Permíteme dudar de aquella soledad...¿literaria?

Soledad de rabillo del ojo. :-)

Maga Despistada dijo...

Therfer, sí, era una soledad acompañada. Entonces, está ese tropel de personajes y amigos invisibles que querían entrar y saludarme. Sàgar dormido y Marçal que llegó antes de las cuatro de la mañana.

No sabía que los hombrecitos de los recuerdos y de los libros eran una surtida compañía en esas horas del lobo del sábado noche.