lunes, 26 de mayo de 2008

Eutanasia

Ya no tiene sentido. Cuando un familiar enfermo de cáncer terminal se retuerce ante dolores inimaginables, que ni siquiera dosis elevadas de morfina pueden frenar, cuando está entubado fuera de su contexto, condenado a mearse y vomitarse encima, sin posibilidad de ponerse en pie, sin expectativas de curación, con un pánico terrible a sufrir más y la suficiente conciencia como para saber que es el fin, y que no será un fin digno, comprendo a ese pobre hombre que me encontré hace unos meses a la hora del lobo, en ese banco nocturno del Hospital del Mar. Recuerdo su historia y su aspecto de tarado mental. Me explicaba que habría matado a su madre mientras la oía gritar. Que tenía una escopeta de caza y que habría disparado una y otra vez para que terminara la pesadilla. Y entonces le llamarían criminal y saldría por las noticias.
Sobre la eutanasia han corrido ríos de tinta. Hoy, desde la experiencia más inmediata, abogo a su favor. Cuando pienso que la degeneración seguirá hasta el final. Que cada vez será más imposible explicarlo con palabras. Que todo se acaba en un centro creado para eso. Para prolongar tu vegetalidad de una manera kitsch y aséptica. Sin nada que huela a vida. Sin nada que forme parte de tu historia.
Mi salud mental corre peligro y todos los segundos de esta tortura, cada gota de suero y antibiótico descendiendo por ese cable transparente, me trepanan más y más el cerebro. Hace meses que ni mis hermanos ni yo descansamos de una situación demente, de una crónica de una muerte anunciada en que la FRUSTRACIÓN y la IMPOTENCIA son los personajes principales. Estamos cansados, agotados, aislados de las amistades y el trabajo, alienados por un fatum aciago, condenados a mantener entereza ante un cáncer que devora lentamente la vida de nuestra madre.
Cuando la veo, no la reconozco. Es sólo un cuerpo hinchado, una cáscara. El cáncer se reproduce con la indiferencia del mundo microscópico. Con la frivolidad de la mitosis de la célula.
Ese paisaje de mi infancia, ese cosmos que me dio la vida, ese mundo que he abrazado tantas veces, esa voz dulce y protectora... Ahora es un animal que grita desolado. Abre los ojos enormes, opacos, y sé que ni mis palabras ni nada pueden consolarla. Llamo a la enfermera y le pido que la seden, que se acabe. Ella dice que quiere morirse. Hace tiempo que lo dice. ¿Por qué no le hacen caso? ¿Por qué no puede llevar las batutas de su muerte y escoger con serenidad un final?
Ayer pasé la noche con ella. Hace un par de días, era hasta agradable quedarse. Su hilo de voz lúcida era confortable. Su hálito, aunque débil, podía significar compañía. Esta noche estábamos en la misma habitación pero solas en nuestro proceso. Le molestaba hasta el tacto de mi mano. Y entonces he permanecido inmóvil, en ese butacón junto a su cama. Sin tocarle. Intentando entender en la penumbra.
No vivamos de espaldas a la muerte, devolvámosle su intimidad, el respeto que merece esa puerta a lo desconocido. El punto final de una historia llena de ternura.

3 comentarios:

Mónica González Caldeiro dijo...

Maga, no tengo palabras para intentar imaginar por lo que estás pasando, sólo espero poder abrazarte en persona dentro de poco, desde aquí me resulta difícil mostrarte hasta qué punto te apoyo en la distancia.

Varias personas cercanas a mí tuvieron un final semejante al de tu madre; no obstante, yo era pequeña, y mis recuerdos están limitados a lo poco que yo podía ver y a mi conciencia de lo que sucedía. Pero sí recuerdo esa distorsión de la vida ante la muerte, esa paz del final del dolor, ese deshumanizar de los seres que amamos ante la impotencia de que te nieguen tomar con entereza esa gran y última decisión, despedirte de quienes has querido e irte, como dices, con la mayor serenidad posible.

No puedo más que darte ánimos ante estos momentos tan difíciles...

LILITH dijo...

Ahora, más que nunca si cabe, pensando en ti en silencio...

Sólo puedo decirte que el texto lleva razón, esa dignidad final es necesaria...

Un abrazo enorme, ya sabes dónde estoy, día o noche.

Te quiero mucho María.

Therfer dijo...

Los seres humanos somos la única especie que tiene el poder de acabar con el dolor, con sufrimientos y padecimientos innecesarios. Lo inhumano, lo que padecen los animales en la naturaleza salvaje, es lo contrario a la eutanasia.

Te quiero mucho,