sábado, 3 de abril de 2010

Más Parménides y menos Platón

Revivamos el mito de la caverna de Platón. Hay alguien dentro del cine. Todos están a oscuras viendo una película que viven con la ilusión de que es real. Ese alguien, de golpe, tiene el impulso de salir afuera. Se siente como un pájaro enjaulado. Efectivamente, fuera existe un sol que brilla de verdad, no es el mismo sol que brillaba en la película. El viento le toca la piel directamente, hay tierra que cruje bajo los pies, los colores desprenden semillas. Las frutas pueden morderse y están vivas y son jugosas y saben. El sabor es un tacto sofisticado.

La soledad de ese exterior, sin embargo, le impele a ese alguien a construirse otra sala de cine y a inventarse una película. Ese alguien llora constantemente. No ha encontrado el pegamento de la unión con el todo. La vía racional no es suficiente. Las palabras son piedras en la boca, que impiden respirar.

Entonces, ese alguien, como Parménides, opta por la vía de los anacoretas. Desde ese exterior con sol de verdad, ese alguien decide meterse en el interior de una cueva, pero de una cueva sin nadie más, de una cueva en la que no habrá un sinfín de hombres encadenados por convención.

¿Es la única alternativa al suicidio (el único problema filosófico real, Camus dixit)?

4 comentarios:

Gemma dijo...

¿Sería una ingenuidad volver al cine y susurrarle a uno de los encadenados que fuera hace sol?

Maga Despistada dijo...

Eso es lo que haría un Bodhishatva Mahayana; gracias Gemma: me obligas a poner un interrogante en la última frase. Sería más divertido tomar el sol con otro esclavo libertado y, sobre todo, salir del solipsismo :P

Factotum dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Factotum dijo...

Lo más triste es que ese cine se llama televisión, y esa televisión solo tiene un canal, que es Telecinco. Y ese canal sólo tiene un actor, que se llama Belén Esteban. Y ese engendro es el héroe de nuestros días. Si tubiera que quedarme encerrado en esa caberna, posiblemente me pegaría un tiro.

La verdadera aventura está fuera de la caberna, y allí triunfarán los valientes a riesgo de quedarse ciegos por la luz deslumbrante, que es el riesgo de vivir la vida.

Sin riesgo no hay éxito.