domingo, 17 de junio de 2007

De quien quiso comerse el mundo


[Escribí este texto cuando tenía quince años. A veces me pregunto si a estas edades (tan menospreciadas por los adultos cabezacuadradas) una no tiene las cosas más claras que ahora, rozando el cuarto de siglo. Los palos y el escepticismo curten, aunque también oprimen el embrujo de la vida. A veces me asombra ver cómo los mayores nihilistas han sido antaño los mayores fanáticos.]





Hipotéticamente, si caminando despreocupadamente por una avenida, me dirigiera al primer hombre práctico con aire agradable y conversador que se me cruzara, y le preguntara con voz pausada:

- Discúlpeme caballero , ¿podría decirme cuales son sus máximas aspiraciones en el transcurso de su vida? Hábleme de sus sueños.

Con un margen de error que sólo entra en detalles, respondería:

- Naturalmente. En primer lugar, apostaría por buenos estudios y formación para el porvenir. Acabada la licenciatura - me cabe destacar mi ávido interés por las letras- , optaría por encontrar un buen trabajo, no muy duro y , por supuesto, recompensado con generoso salario. Meses después, tras sacarme el carnet de conducir, disponer de un piso notable (¡Dios quiera que sea una mansión con jardín y piscina!) y estar en un nivel económico alto, aspiraría a los grandes placeres de la vida: ampliación de mis estudios, viajes por todo el mundo en su inmensidad, satisfacción de pequeños caprichos... (sonríe con ojos golosos). En fin, y creo que, tras ello, una buena muchacha de buen lucir y caminar (precisamente guapa y atractiva, si es cuestión de soñar), se casaría conmigo en lustrosa ceremonia. ¡Ah! ¡Y sin olvidarnos de la afectuosa descendencia de la que estaré orgulloso por sus innumerables talentos!

- ¿Eso es todo?

- Veamos...Conocimiento, buena salud, trabajo bien pagado, mujer ideal, familia maravillosa... Sí, eso es todo. ¿Por qué lo pregunta? ¿Qué respondería usted si yo le preguntara?

- Supongo que es inevitable...Pero yo no puedo conformarme con eso. Quiero emborracharme con el aire, escribir una gran obra, conocer las antípodas del mundo, vivir enamorada hasta perder el sentido, y... no sé, escalar montañas altas y buscar tesoros escondidos, conocer el cielo y el infierno para conversar con el santo y con el criminal y ser ambos a la vez, y dejar que todos puedan llorar en mi hombro,
para luego, morir con dignidad.

- Entiendo.- respondería.- Usted es aquella niña que pretendía comerse el mundo. Ya veo que todas las habladurías enfocadas en torno suyo eran ciertas.

Juzgarme, clasificarme, etiquetarme y encerrarme en un cajón para pensar que ya no soy incontrolable imprevisto. Estoy hablando del temor hacia lo desconocido.

Unificar, controlar, dominar. Definir absolutamente todos rasgos de alguien con una palabra. Títere danzarín de fina madera. Mis brazos y piernas caminan macilentas, aguantando el peso de las etiquetas. Pies encadenados, cuanto más busco la luz mis raíces penetran con mayor fluidez bajo la tierra. ¡Quién tuviera un hacha para deshacer cadenas! ¡Ojalá hubiese una liberación menos condicionada que el suicidio! Porque yo aún recurro a abrazar la Muerte, pero ¿dónde quedan aquellos cadáveres que siendo fiambres no pueden regresar a la Vida? ¡Ellos tampoco son libres!



¡Diferentes pasiones, ramas, caminos hacia los que se aventuran los hombres! Cada mente es como un castillo medieval con variable estructura de habitaciones. Por más que cada recodo precisa una única llave para su obertura, mi llavero no sirve para abrir las puertas de las mansiones, palacios y chozas ajenos. Vengo a decir con esto que la verdad tiene muchos senderos, es casi individual y personalizada, y que mis indiscutibles certezas pueden parecer insulsas a aquellos que poseen las suyas propias. ¿Cómo iba a sobrevivir la gaviota tan sólo batiendo alas? ¿Cómo resultaría el planeo de un pequeño gorrión pardo?

Evitemos la caída. Quizá aún sea útil tener en cuenta todas las llaves que existen para abrir mundos propios y sensaciones internas. Aunque confío en que llegará el día en el que no será necesaria tanta diversidad. Los castillos que nos ocultan ya no tendrán muros ni puertas, seremos sólo aire que se entremezcla.

Imaginaría a una joven llorando sobre su propio nicho, desconsolada ante una tumba familiar; cementerio gris, ambiente tormentoso. Correría por un laberinto, a través de oscuros pasadizos, viscosos pasajes subterráneos sin luz solar. Y aún así me proclamaría vacía, incapaz de verter mi alma sobre un amargo recipiente. ¡Tan corto es el lenguaje! ¡Tan humanas son las imperfectas palabras!

Confío en algún momento crucial, tal vez ese día. Abriréis vuestro calabozo y daréis la mano a vuestra sombra. Será entonces, cuando un dolor punzante os quemará por dentro, obligándoos a proclamar la maldición de los profetas que predican ante las paredes de los manicomios. Si miráis hacia un lado encontraréis a una silueta negra que os persigue. Podréis taparos los ojos para camuflarla en la negrura entera que se aprecia bajo los apretados párpados. Y os hallaréis ante una sombra mayor: la sombra del infinito. ¿No es desconcertante? Desconcertante si estamos demasiado aferrados a nuestros propios huesos, extático si precisamente anhelamos disolvernos en el paisaje.

1 comentario:

Toni dijo...

poco a poco, maga,...te comerás el mundo...lo digerirás con el arrullo de la noche de los tiempos...se perderá en las vellosidades e irregularidades del tubo digestivo...y olvidarás a dónde va a parar al final del tránsito intestinal...