sábado, 19 de mayo de 2007

La realidad supera a la ficción


Son las cinco de la tarde.

Zaza y yo vivimos un episodio absolutamente cinematográfico. Cruzamos la Meridiana a la altura de Fabra i Puig, cuando vemos a un chico escuálido con el brazo escayolado que se desmaya en pleno paso de cebra. Le cogemos entre ambas y lo llevamos a la acera (no nos atropella un coche de milagro), y entonces vemos esa mirada opaca e intacta en sus ojos, apenas respira y le tomamos el pulso y le ponemos un fardo de ropa bajo la nuca. En momentos así uno teme lo peor. Las dos nos miramos diciendo, "éste chaval se ha metido jaco" y la gente de por allí llama al 061, aunque desgraciadamente viene la Urbana, más pendiente de si el chico lleva droga encima que de ayudarle a reponerse. La Zaza y yo ya estamos desesperadas cuando le apretamos las manos muy fuerte, el chico abre los ojos y, viendo a la Zaza, dice:


- Qué guapa.


Y luego mira hacia mí y dice:


- Tú también.


El subidón de la libido le pone las pilas, por lo visto. Zaza y yo bromeamos y le decimos que yo estoy preñá y que las dos tenemos novio, y luego, medio asfixiado, le dice algo muy bajito a mi hermana:

- ¿Quieres un novio feo pa que no te lo quiten?


Todo el mundo se queda flipando, y la Zaza y yo nos partimos la caja. Le ayudamos a levantarse y se lo lleva la Urbana mientras llega la ambulancia. En realidad nos preocupa que ahora le pillen el DNI y lo fichen, pero lo más importante es que está a salvo (de momento). O al menos eso queremos pensar para no cabrearnos demasiado.


Lo increíble es que no pasan ni cinco minutos cuando nos encontramos a otro hombre en el suelo. Le sangra la nariz, está llorando y medio out. Zaza y yo alucinamos con la repetición de la jugada. Volvemos a ponerle el fardo de ropa bajo la nuca y le ofrecemos unos pañuelos para limpiarse la sangre. El camarero de un bar de al lado dice que el tipo se ha dado una hostia contra la barra (va mamado hasta las cejas y ha esnifado coca) y de nuevo viene la Urbana y esta vez nos manda que nos vayamos de ahi. Nos metemos en el bar y nos cabrea ver la frialdad de los polis. Qué poca humanidad, esperad a que se incorpore para preguntarle toda esa mierda, gritamos. Los parroquianos del bar nos dan la razón, se encaran a los polis y nos invitan a una cerveza, que yo tengo que pedir sin alcohol. El bebo siempre es el cómplice invisible de estas escenas memorables en las que el pueblo reclama que se le trate con dignidad.

La calle es una escuela enorme. Buscamos el calor de sus gentes y vemos lo solos que estamos en los momentos críticos. Por suerte, siempre hay más humanidad en los jóvenes rebeldes y en los parroquianos de los bares que en las prepotentes insignias de la autoridad. La Zaza me explica esa vieja historia de que la droga es un arma del sistema para cargarse a las personas demasiado lúcidas. Los que sienten distinto o buscan algo diferente acaban volviéndose locos e intoxicándose el cuerpo y así no parece asesinato. Una visión radical, desde luego, pero cuántas mentes privilegiadas se han ido al garete por el puto jaco. Aquel Aullido de Gingsberg. Nosotras decidimos vivir sin olvidar. Aprender de la calle y de los libros. Nunca dejar de escuchar la vocecilla de nuestra propia ética.


Cuando nos despedimos, ella me dice: escribe lo que nos ha pasado esta tarde.
La realidad supera a la ficción, y a las palabras. Cómo puedo describir ese metálico escalofrío recorriendo la columna vertebral al ver el rostro de la muerte asomándose a un iris azulado. Y el alivio de ver resucitar el brillo de unos ojos que parecían muy lejos de este mundo. Y la rabia y la impotencia hacia algunas arbitrariedades injustas. Y el amor desbordante hacia los parias de esta sociedad, hijos que la necesidad y el recurso, que necesitan, ahora mismo, el calor de una mirada cómplice y unas manos que cojan las suyas y que digan: "no estás solo."